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 CULTURA
24/04/2017
Serie israelí
Fauda, o el caos sin justicia
Por: Ricardo Aronskind

Analizar una serie de la televisión israelí como Fauda (2016) implica un esfuerzo de lectura en los diversos niveles que ofrece, así como intentar comprender la lógica de los protagonistas de un drama político y humano. Algunos comentaristas han encasillado a Fauda como un thriller político. Sin duda, cuenta con los elementos del thriller, ambientado en el brutal conflicto entre el aparato de contraterrorismo israelí y el ala militar de Hamas. El foco de la serie se mantiene fijo en este nivel de guerra entre aparatos, y poco avanza en profundizar en el telón de fondo del conflicto entre los derechos nacionales de israelíes y palestinos. Pero lo que nos interesa también de Fauda, mucho más allá de su eficacia como “entretenimiento”, es que es una lectura política formulada en el clima enrarecido del Israel gobernado por una coalición derechista.

La serie, de 12 episodios, muestra las acciones de un grupo de elite de las fuerzas armadas israelíes, caracterizado por su especialidad en infiltrarse en las ciudades palestinas (de Cisjordania en este caso) para realizar operaciones clandestinas de alto riesgo, y por otra parte las operaciones que planea y ejecuta un sector del aparato militar del grupo Hamas, caracterizado por su ideología fundamentalista y su rechazo a todo acuerdo con los israelíes.
Sin embargo, a medida que se van desarrollando los hechos, y se despliega una violencia cada vez mayor, se van observando muchos otros detalles personales de quienes participan en una madeja de violencia y venganzas que parece no tener fin.
En medio de momentos de terrible tensión, aparece la complejidad de los personajes, los rasgos de humanidad de unos y otros, los odios y lealtades personales, y la venganza como sentimiento generalizado que permea a todos los estamentos de decisión política. Uno de los aciertos de la serie es precisamente mostrar la universalidad de ciertas pasiones humanas básicas, más allá de los particularismos culturales.
Fauda nos muestra una realidad más compleja que la que se observa a través de los medios convencionales: los vasos comunicantes entre los servicios de inteligencia y los aparatos militares israelíes, la Autoridad Nacional Palestina y Hamas son varios y diversos. No hay compartimentos totalmente estancos aunque hay, de ambos lados, personajes que se autonomizan y logran actuar y dañar por su cuenta, añadiendo más combustible a una situación de por sí extrema.
Hay mucha infelicidad en la serie. No hay parejas que puedan conocer la armonía y la esperanza. Muchos sueños son destruidos, muchas catástrofes ocurren y pareciera que no pueden dejar de seguir ocurriendo.

Humano, demasiado humano…
La serie se inicia mostrando la catástrofe de dos jóvenes novios palestinos, cuyo mundo se destruye debido a una fallida operación de captura de los comandos israelíes. El planteo es audaz, no sólo porque muestra la falibilidad de las tropas más capacitadas, sino porque el espectador no puede dejar de comprender el drama humano que subyace en la decisión de la viuda, cuyo dolor es reciclado y resignificado en el marco del reclutamiento tolerado del terrorismo islámico.
También aparece el costo personal de participar en este tipo de unidades y operaciones, mostrado en algún diálogo de notable valentía, así como en la crisis de la agente israelí Nurit. No casualmente serán mujeres como Nurit, y también como Jihan, la esposa del terrorista apodado “La Pantera”, quienes dan cuenta del hartazgo y la insoportabilidad del conflicto.
A lo largo de los capítulos, a medida que conocemos los personajes, sus pasiones y dolores, surge una paradoja: en el máximo nivel de enemistad, la convergencia cultural se hace más grande. La semejanza física destruye toda idea de diferencias “étnicas”: los israelíes tienen a sus “árabes” para mimetizarse, pero también los palestinos tienen a sus “judíos” para sus propios planes. La disposición a dañar no parece tener límites, como tampoco la convicción en la legitimidad propia para matar a los otros.
Especialmente conmovedor es el drama de la doctora palestina Shirin, atenazada en su vocación humanista por múltiples formas de violencia y manipulación. Su relación con el agente infiltrado Cavilio deja un espacio para pensar que en otro contexto, esa conexión amorosa podría haber trascendido lo casual de la situación.
El esfuerzo descomunal invertido en la destrucción del otro tiene muy diferentes características en el marco del aparato militar israelí y el del Hamas. Tecnología, recursos, entrenamiento del lado israelí; audacia, lealtad y sacrificio en el lado palestino. Perseverancia y voluntad de no rendirse jamás, en ambos.
Las tensiones y contradicciones se dan en el interior de ambos bandos. Disputas cuya fiereza no le va en zaga a la pelea con el enemigo. El choque entre el jefe de la unidad de comandos y el ministro israelí a cargo de la seguridad –que ha ocultado un asesinato ilegal de prisioneros- es apenas unos grados inferior a las internas dentro del lado palestino, y especialmente en Hamas entre la estructura de la organización y el “héroe” que se ha autonomizado.
Si bien Fauda no pretende dar un mensaje político claramente delineado, permite entrever varias cuestiones relevantes. En primer lugar, y en línea con lo que numerosos ex-responsables de la seguridad israelí han manifestado coincidentemente, la “tecnología” de guerra no puede resolver la política. Drones, capacidad informática y electrónica, no pueden evitar que la injusticia de la ocupación brote por todos los poros de la sociedad palestina. Segundo, la barbarización que el conflicto está provocando: la práctica de la “toma de rehenes” es incorporada en la práctica del bando más “democrático” y “occidental”. La lógica tribal vuelve en el siglo XXI. Tercero, que cualquier lucha por la liberación nacional nunca puede sustentarse en el asesinato como estrategia, ni cualquier defensa de la seguridad de una sociedad democrática puede funcionar basada en la denegación de los derechos nacionales de otro pueblo.

* El autor es profesor en UBA y Universidad Nacional de General Sarmiento.

 
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