¿La cultura es cara?

La extendida desintelectualización del liderazgo político judío es nuestra nueva normalidad. Existe una distancia infranqueable entre los intelectuales y la reflexión intelectual por un lado, y la dirección comunitaria por el otro. Lo que hasta hace una década era vivido como una situación crítica, con derivas preocupantes para el futuro de la vida judía argentina, ahora ni siquiera es percibido como tal: hemos naturalizado un estado de cosas.
Por Alejandro Dujovne *

Una de las preguntas recurrentes en nuestros encuentros en los que buscábamos dar forma a lo que luego sería la Universidad Libre de Estudios Judaicos, era cómo se había llegado a tal estado de vaciamiento intelectual de la dirigencia política judía en Argentina. El contraste con la historia de la propia comunidad, incluso la reciente, o ver qué sucedía en otras comunidades de la diáspora, nos alertaba acerca de esta situación. Hoy, diez años después, la situación es más grave. No porque las autoridades comunitarias sean todavía más impermeables que hace una década al ejercicio del estudio y la discusión intelectual, sino sencillamente porque ya nadie se hace esta pregunta. Nadie parece cuestionarse cómo y porqué existe una distancia infranqueable entre los intelectuales y la reflexión intelectual por un lado, y la dirección comunitaria por el otro. Lo que hasta hace una década era vivido como una situación crítica, con derivas preocupantes para el futuro de la vida judía argentina, ahora ni siquiera es percibido como tal: Hemos naturalizado un estado de cosas.
Cuando la prensa comunitaria analiza o critica una determinada acción rara vez se pregunta cómo se tomaron las decisiones que nos llevaron ahí, a quiénes se escucharon, en qué se basaron para tomar tal o cual decisión. Nos movemos en el plano de los acontecimientos, y los tratamos como si fueran en todo análogos a los que marcaron la vida judía argentina por décadas. Pero no son iguales. No sólo porque los contextos históricos son diferentes, sino también por, y este es el punto crucial, la desigual capacidad respecto del pasado para diagnosticar la realidad, tener una visión de conjunto, vasta, compleja, proponer distintos cursos de acción posibles, y a partir de ahí tomar la mejor decisión posible. La extendida desintelectualización del liderazgo político judío es nuestra nueva normalidad.
Un síntoma de esta nueva normalidad es la pérdida de relieve de los departamentos y programas de cultura en la mayor parte de las instituciones comunitarias. Recuerdo la explicación que me ofrecía un expresidente de una de las instituciones centrales cuando le preguntaba acerca de esto tanto en su gestión al frente de esa institución como en el club en el que participaba. “No hay dinero” sintetizaba. Pero cuando le enumeraba las últimas inversiones en instalaciones deportivas su respuesta era: “Ah, pero eso es lo que quiere el socio”. Desde su punto de vista entonces la dirección política comunitaria no tendría más rol que la administración de las demandas de quiénes pagan su cuota. Pero concluir eso, que en sí es una definición problemática, sería simplificar la cuestión. Lo que hay detrás de esa afirmación es su propia mirada del mundo, donde la cultura no cumple ningún papel relevante en la vida judía. Y si lo cumple es cuando funciona como sinónimo de entretenimiento.
A diferencia del plano político, aquí la pregunta no es qué consecuencias políticas tiene el desinterés por lo intelectual, sino qué efectos tiene sobre la propia existencia judía en el país. “Lo que pasa en la comunidad judía no es distinto a lo que sucede en el medio en el que vive”, es otro argumento que suele aparecer al hablar de la precarización cultural. Un razonamiento sensato. Pero que sólo comparto en parte, pues convierte a la descripción de la realidad en un hecho fatal, frente al que no podríamos hacer nada más que someternos. Ante eso prefiero preguntarme: ¿puede la comunidad judía darse el lujo de no invertir en cultura?, ¿acaso existe lo judío sin cultura? Cuando todo conspira contra experiencias que nos llevan a desacomodar ideas, cuestionar nuestro confort, ampliar nuestros horizontes de conocimiento y de sensibilidad, ¿no es precisamente allí que debemos duplicar nuestras energías e inversiones, y encontrar formas inteligentes y creativas para hacer de lo judío una experiencia significativa en el mundo que nos toca, para hacer de la identidad algo más que un hecho retórico?
Afortunadamente hay excepciones. Individuos y equipos que se destacan en el seno de las instituciones y proyectos novedosos, por fuera de los marcos institucionales, que contrastan con la apatía generalizada. La cultura es cara, me decía aquel expresidente. Más caro es no tenerla.

* Investigador del Conicet. Director de la Maestría en Sociología de la Cultura (IDAES-UNSAM). Co-fundador del Núcleo de Estudios Judíos (CIS, IDES-Conicet). En 2014 publicó “Una historia del libro judío: La cultura judía Argentina a través de sus editores, libreros, traductores, imprentas y bibliotecas” (Ed. Siglo XXI).

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