Polémicas expresiones negacionistas

Esmeralda Mitre, o la ignorancia ilustrada

Entre risas y guiños, Esmeralda Mitre declaró en una entrevista concedida a Infobae, que los seis millones de judíos muertos en el Holocausto “no fueron tantos. Casualidad o provocación, la nota se publicó precisamente en Iom HaShoá, el Día de la Conmemoración del Holocausto y del Heroísmo. El negacionismo y la incredulidad de sentido común, a la orden del día.

Por Mariano Szkolnik

Visiblemente distendida, apoltronada sobre un sofá, con el fondo del cuadro de un bello amanecer sobre el océano, Esmeralda Mitre se explayó con comodidad sobre una serie de temas “que “sé que van a causar polémica”, según sus palabras. Actriz, exesposa del exfuncionario Darío Lopérfido, descendiente de Bartolomé Mitre, Esmeralda formuló una declaración llamada a provocar revuelo: “”Yo creo que Darío tuvo un instinto político. Primero, dijo la verdad… que es lo que dice la Conadep.… No lo dijo él. Es la cantidad de desaparecidos que figuran. El resto, no están. (…). Nuestro dinero estaba siendo pagado para gente, o sea, de más, en vez de la cantidad de desaparecidos que estaban, o sea, nuestros impuestos. Es como pasó con el Holocausto: dijeron que eran seis millones pero quizás no eran tantos”.
Traduzcamos: la titubeante mediática convalidó las declaraciones de Lopérfido, pronunciadas en enero de 2016. El entonces ministro de Cultura de la CABA, negó enfáticamente (y con un dejo de ira) la cifra de treinta mil desaparecidos, por considerarla falsa, fruto de una negociación en una mesa chica, con el fin único de acordar indemnizaciones y subsidios por parte del Estado argentino hacia las organizaciones y los familiares de los “supuestos desaparecidos; luego Mitre hesita datos, habla de “gente de más” (en referencia a los desaparecidos), alega impuestos mal derivados para rematar, postulando como una verdad “irrefutable y por todos compartida”, que los números del Holocausto también están inflados.
En esta afirmación temeraria (penada por ley en otros países), Esmeralda no debería sentirse sola: Claudio Avruj, secretario de Derechos Humanos de la Nación, declaró en agosto de 2016 que “hablando con académicos que trabajan en el tema de la Shoá, nunca se determinó fehacientemente si (las víctimas) son 6 millones o 5 millones, por la magnitud de lo que representó”.
A las pocas horas de la publicación de Infobae, Mitre salió a aclarar sus dichos, emulando al pato criollo. “Jamás estuvo en mi lastimar y/o injuriar a la comunidad judía. Les tengo un grandísimo respeto y admiro como con valentía superaron un hecho tan triste como el holocausto (…). Para mí, la comunidad judía es una comunidad superior, y ojalá fuese mi origen”, dijo. Su descargo y pedido de disculpas no sólo no la exculpa del negacionismo, sino que amplía sus fronteras hasta sumergirse en las aguas cenagosas del neonazismo. Traduzcamos, nuevamente, lo que afirma: Esmeralda asume que hay razas (concepto refutado hace décadas por la comunidad científica), y que éstas pueden ser clasificadas en una secuencia ordinal y jerárquica: humanos superiores destinados —naturalmente— a dominar a humanos inferiores. Pero al mismo tiempo, la joven comete un exabrupto mayor, al afirmar la superioridad de la raza judía. De este modo, refuerza una de las ideas centrales del nazismo, pero aplicado en sentido inverso (lo que es entre grave y a la vez absurdo). Finalmente, sería interesante que Mitre supiera que la superación del Holocausto sólo es y será posible con la incansable búsqueda de justicia, el ejercicio constante de la memoria, y la investigación certera de devele la verdad sobre los crímenes cometidos contra la humanidad.
Pero claro, a diferencia de Avruj y Lopérfido, Esmeralda no es ni fue funcionaria pública. Es sólo una persona que aparece en los diarios y la televisión. Lo cual no es poco, si de instalar una falacia se trata.

El negacionismo y el hombre en la Luna
El negacionismo es la doctrina que cuestiona o niega el genocidio perpetrado por la Alemania Nazi contra la población judía y otras minorías en Europa, entre los años 1941 y 1945. Otorgándose a sí mismos la pátina de “pensadores, sus portavoces no se consideran negacionistas, sino revisionistas. Surgida hacia la segunda mitad de la década de 1940, la corriente negacionista postula que las ejecuciones masivas y sistemáticas nunca tuvieron lugar, constituyendo el mayor fraude de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Que algo así pudiera haber ocurrido en la ilustrada Europa del Siglo XX, contradice toda lógica, afirman. Pues persecuciones siempre hubo, pero de allí a “desaparecer” un colectivo completo, hay una enorme distancia. Si bien sus reflexiones parten de supuestos endebles, erigen su edificio sobre el material de la incredulidad: de tan masivo, de tan aberrante, de tan extremo y excepcional que fue el genocidio europeo, es lícito descreer que realmente ocurrió.
En un tiempo en el cual los grandes relatos perdieron vigencia, en el que el individuo constituye la medida de todas las cosas, y en el cual la opinión personal vía twitter asume el estatus de verdad irrefutable, se abre una fisura por la cual se filtran dislates de toda especie, que comparten ese ethos marcado a fuego por la incredulidad. Hombres y mujeres del común, oficinistas, verduleros, actrices y policías se sienten habilitados no sólo a cuestionar la veracidad de una masacre, sino que se consideran “especiales” al adscribir a cualquier teoría conspirativa en boga. Insertos en sus preocupaciones cotidianas, absortos en su individualidad, creyéndose el alfa y el omega de la Creación, participan de proposiciones delirantes, dándolas por ciertas y evidentes. De este modo, la negación del Holocausto está emparentada con la “teoría” que afirma que Armstrong y Aldrin sólo pisaron un set de filmación en California, aquel 20 de julio de 1969, o que las pirámides de Egipto fueron obra de seres extraterrestres, o que los desaparecidos argentinos en realidad viven en México y Europa. Esa es la entidad que hay que darle a la “corriente de pensamiento negacionista”, y a quienes la sostienen.

Tragedias emparentadas
Quizás involuntariamente, Esmeralda Mitre actualizó, al negarlos o restarles importancia, el vínculo entre el genocidio del Proceso militar y el genocidio cometido por los nazis. A pesar de las escalas, de la distancia cuantitativa ente los treinta mil y de los seis millones, ambas tragedias históricas implicaron el intento de eliminación sistemática de un colectivo, sea político, cultural, identitario, y/o religioso. Fueron la respuesta brutal de una maquinaria que pretendía suprimir la diferencia, a partir de la aniquilación física de los elementos que, consideraba, subvertían, amenazaban y contradecían el “orden social vigente”. El problema que conllevan las soluciones finales es que no solucionan nada, sino todo lo contrario: las víctimas siempre las ponen los pueblos. Y la ignorancia, tan dulce como la expresión sonrojada de la joven actriz, es su más efectiva aliada.