A propósito del “Hitler era un tipo espectacular”

Duran Barba: “Tengo un amigo rabino”

Las declaraciones del asesor y estratega del PRO porteño sirven para reflexionar sobre el sentido que se imprime en el término “Hitler”. Tras años del uso de la figura que lideró uno de los mayores procesos sociales genocidas para descalificar al gobierno democrático de un país periférico, la imputación se convirtió en un bumerán que desprestigia no tanto a quien se le endilga la acusación sino a quienes lo describen como totalitario sin argumentos de fuste.

Por Mariano Szkolnik

Jaime Durán Barba es una pieza clave en la corta historia de lo que puede denominarse como “el macrismo”. El actual jefe de gobierno porteño le debe mucho a su asesor, quien consiguió, en pocos años, la transmutación del presidente de un club de fútbol en un potencial candidato de cara a las elecciones generales de 2015. Al hombre hay que reconocerle su capacidad de comercializar con éxito la vacuidad misma, envuelta en un paquete amarillo chillón, organizando campañas electorales que son el olimpo de los mayoristas de cotillón infantil.

Con el ego desatado, el ecuatoriano concedió una entrevista a la revista Noticias en la que cometió un “sincericidio” según algunos, o un “error” según otros. Tras una serie de comparaciones poco acertadas, Jaime Durán Barba ofreció su corazón al público lector. Dijo sin sutilezas que: “Hitler era un tipo espectacular”, y resaltó su “importancia en el mundo”.
No es el primero ni el último sujeto que expresa esta opinión. Durante el transcurso de la vida en sociedad, hemos de escuchar en muchos ámbitos juicios similares sobre Hitler o sobre su copia acriollada, el genocida Videla. El problema radica, en todo caso, en que no se trató de la opinión de un tipo del montón, de esos que creen que su frustración, en el techo que la vida les impuso, la culpa de todo lo malo que les sucede es consecuencia directa de una conspiración internacional pergeñada por un grupo de hebreos encapuchados salidos de una novela de Dan Brown. Se trata nada menos que del asesor y gurú de uno de los dirigentes más encumbrados de la culta Buenos Aires.
Como sea, Durán Barba dijo lo que en política no se debería decir (a menos que se trate de los negacionistas Alejandro Biondini y Micky Vainilla). Calificar de “espectacular” a un tipo como Hitler concita enfáticos rechazos, los cuales fueron difundidos ampliamente en los últimos días por los medios de comunicación. Para deshacer el nudo producido por su lengua constrictora, el asesor debió retractarse, explicar que sus palabras no expresaban su pensamiento (¿?), y denunció a los editores del semanario por haber “sacado de contexto” sus dichos. Apremiado por el barro de los acontecimientos, Mauricio Macri optó por buscar la superación dialéctica, señalando como inaceptable la calificación elogiosa, a la vez que resaltó “el absoluto compromiso de su asesor en la lucha por la defensa de las libertades y la democracia”.
Sergio Bergman, diputado electo por el espacio PRO, redujo las declaraciones del virtual ministro de propaganda al lugar de un “error” o “una equivocación que tiene que ser reparada por parte de quien la dijo”. Dejando de lado los guantes de amianto, Bergman puso las manos en el fuego por Durán Barba, afirmando que el publicista “no piensa eso, simplemente se equivocó en un concepto poco feliz”. El novel diputado descubre, tarde quizás, que exhibir un “amigo rabino” no garantiza ni la pureza ideológica ni la felicidad de los conceptos.

El episodio y sus repercusiones sirven para repasar cuál es el uso que se hace y el sentido que se imprime en el término “Hitler”. Hace ya varios años que algunas y algunos dirigentes de la política vienen arrojando el nombre de quien encabezó uno de los mayores procesos sociales genocidas, con el fin de descalificar al gobierno democrático de un país periférico. Sin embargo, como un bumerán porfiado, ese “Hitler” con el que se pretende denigrar a las autoridades legítimamente constituidas, desprestigia no tanto a éstas últimas, sino a quienes las acusan de totalitarias. Durán Barba, Macri, o Bergman (por citar sólo unos nombres) quedan atrapados en un Cucatrap del cual, de todos modos, consiguen salir airosos por el auspicio de los medios de comunicación hegemónicos y la definitoria voluntad del electorado porteño.
El “fallido” de Durán Barba expresa una verdad incómoda, que Sergio Bergman no puede ni debe soslayar. ¿Quién incurre en el error? ¿El asesor que dice lo que piensa, o el político pragmático que lo justifica?

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