Recordando el Golpe de Estado de 1976

El 21 de marzo y a 45 años del golpe cívico militar, Tzavta y Nueva Sion organizaron una actividad denominada: “El arte de no olvidar”. De la misma participaron Nora Strejilevich, escritora, docente, sobreviviente y testigo; Carlos Leibovich, criador de terneros; Kibutz Magal, sobreviviente y testigo; Perla Sneh, psicoanalista, escritora, traductora e investigadora y Natan Sonis, psicoanalista, psicólogo social y docente universitario. El encuentro fue coordinado por Tamara Rajczyk.
Por Darío Brenman

Inicialmente tomó la palabra Tamara Rajczyk, quien expresó:

“Es un placer que podamos estar en Tzavta. “El arte de no olvidar” es el título de un libro de Nora Strejilevich, a quien agradezco por haberlo cedido, por haberlo prestado, y, creo que resume, de algún modo, la idea de este encuentro. A 45 años del golpe cívico militar el tiempo hace lo suyo, y nos brinda una mirada para pensar cuestiones como memoria, testimonio y recuerdo, con la perspectiva que dan los años que transcurren. Para eso convocamos a Nora Strejilevich y a Carlos Leibovich para que nos brinden su testimonio. Ellos son dos sobrevivientes que estuvieron secuestrados en el mismo centro clandestino de detención, tortura, y exterminio: el Club Atlético en el año 1977, y ambos marcharon a Israel una vez que salieron de allí”.

A continuación, fue Nora Strejilevich la que tomó la palabra a través de un fragmento de un libro de su autoría, llamado “A una sola muerte numerosa”:

“Prefiero compartir el inicio de esta experiencia mía a través de un fragmento escrito desde la desorientación y el quiebre: ‘quien padece es el que se transforma en objeto de este tipo de caza’. Un fragmento que describe el curioso aire de irrealidad que, según Hannah Arendt, pone en jaque en estos casos la posibilidad de una rememoración nítida. Y me refiero a, como dijo Tamara, ‘una sola muerte numerosa’, porque revela no solo lo que me paso a mí y a otros, sino a un país secuestrado por aquel ‘proceso de reorganización nacional’ que configuró ante todo una cultura y una lengua que permanecen, en gran medida, marcada por esa impronta.

Fragmento del libro: “Una magia perversa hace girar la llave de casa. Entran las pisadas. Tres pares de pies practican su dislocado zapateo sobre el suelo. La ropa, los libros, un brazo, una cadera, un tobillo, una mano. Mi cuerpo. Soy el trofeo de hoy. Cabeza vacía, ojos de vidrio. Los cazadores de juguete me pisan. Pisa pisuela color de ciruela.

El rito exorciza mis pecados en el Ford Falcon sin chapas: templo verde con antena que acelera por Corrientes, a contramano, pasando semáforos en rojo sin que nadie parpadee. Lo de siempre.

Pero no todos los días ¿o todos los días? se rompen las leyes de gravedad. No todos los días una abre la puerta para que un ciclón desmantele cuatro habitaciones y destroce el pasado y arranque las manecillas del reloj. No todos los días se quiebran los espejos y se deshilachan los disfraces. No todos los días una trata de escapar cuando el reloj se movió, la puerta torció, la ventana trabó, y una gime acorralada por minutos que no corren. No todos los días una tropieza y cae manos atrás atrapada por una noche que remata su vida cotidiana. Una se marea por la vorágine de retazos de ayeres y ahoras aplastados por órdenes y decretos. Una se pierde entre sillas dadas vuelta, cajones vacíos, valijas abiertas, colores cancelados, mapas destrozados, carreteras inacabadas. Una apenas siente que los ecos modulan – ¡te querías escapar, puta!- y que una boca inmensa la devora. Quizás murmuren voces conocidas: ni ella ni él están en nada. Pero una está aquí, del otro lado, en este cuerpo precario: suelas tatuadas en la piel, bota en la espalda, arma en la nuca.

-¡De pie! – y una se para sumisa confundida, atontada, vencida, y grita -¡me llevan, me llevan!- mientras dedos metálicos se clavan en la carne. Dos de la tarde impune la tiran a una al ascensor, la arrastran. En la vereda una patalea contra un destino sin nombre en cualquier fosa colectiva. El espacio se deshace entre los pies.

Lanzo mi nombre con pulmones, con estómago, con el último nervio, con piernas, con brazos, con furia. Mi nombre se agita salvaje a punto de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del trampolín al vacío. Me empujan. Aterrizo en el piso de un auto. Lluvia de golpes: este por gritar en judío, este por patearnos. Y otro más.

-Judía de mierda, vamos a hacer jabón con vos. Soy un juguete para romper.”

“Digo con Jorge Semprun que el horror es invivible, no es nombrable y que nuestra labor es intentar decir lo que nunca debió haber sucedido. Y, sin embargo, pasó, y sigue reverberando. Tiene que plasmarse en configuraciones narrativas y en intervenciones públicas, tal como se viene haciendo en Argentina. Los juicios son también rituales indispensables, el Estado una vez que admite su responsabilidad en un proyecto de exterminio que procuró borrar la huella del crimen debe aplicar toda la fuerza de la Ley en base a la palabra del testigo. En mi caso declaré en un par de audiencias de lesa humanidad, y aunque hoy por hoy los fiscales no interrogan sino que piden un relato, el testimonio en sala judicial cumple una función y hay un régimen al que hay que acomodarse, como explica la Fiscal Gabriela Sosti cuando dice: ’hay mecanismos de jerarquización; la altura del estrado, butacas encumbradas, ingreso ceremonial, y un territorio expuesto que será ocupado por el testigo o la de cara a la sala’. A los jueces, a los fiscales, a los defensores, a los imputados, a la sociedad. En estas condiciones la voz del testigo cobra legitimidad y tiene un efecto en la condena, pero su lenguaje requiere explayarse fuera de este circuito, para ejercer otros efectos en la comunidad. Hay que desarticular la docencia que ejerce el terror y que se trasmite en forma contundente el día de hoy”.

Ante la pregunta del público de cómo fue su liberación dijo: “nos reunieron en un lugar el cual yo comencé a sospechar que era como una comisaría. Un lugar donde había mucha gente, estábamos con los ojos tapados, y nos hicieron sentar en el piso. A mí me había contado un compañero, que era judío, que me podían trasladar a mi liberación o a la muerte, así que yo no estaba muy convencida. En un momento me llamaron a una oficina y me dijeron que lo mío había sido producto de un error, pero me amenazaron diciendo que todos los otros desaparecidos de mi familia corrían peligro. Uno de mis primos ya estaba muerto, y me amenazaron con que si hablaba los iba a poner en riesgo, así que yo “no recordaba nada, no había pasado nada”, etc. Después fuimos varios en un coche, nos dejaron y nos pidieron que contemos hasta cien para sacarnos la venda. Me habían dejado en la Boca, en la Vuelta de Rocha. Y resulta que como había mucha gente en la madrugada fui a una cantina a pedir un teléfono y avisé en mi casa que me habían liberado, pero que no me vinieran a buscar porque no estaba convencida que eso terminaba ahí. Como no tenía plata pedí unas monedas, me fui a la parada del colectivo y traté de llegar a mi casa por esa vía. Estaba sola en el colectivo y apareció un coche de la policía. El mismo pidió documentos, yo no tenía y por eso me llevaron a la comisaria de La Boca. Me dijeron que no hable, que era para verificar. Me pidieron el teléfono de mi casa, la llamaron a mi mamá, y por suerte dijo que no había pasado nada, que me estaban esperando, que yo había salido”.

“Cuando me preguntaron qué me había pasado dije que me habían robado, porque pensé que estaban testeando si yo estaba cumpliendo con el mandato del club Atlético de que no hablara. De ahí el patrullero me llevó hasta mi casa”.

Por su parte Carlos Leibovich también relató su secuestro, tortura y liberación:

“Yo vivía en la calle Laprida y cuando entraron me rompieron la puerta. Eran 10 o 15 tipos a cara descubierta armados hasta los dientes, jamás había visto tantas armas pesadas en mi vida. Estaba en ese momento mi ex mujer, Mónica, que está presente en este panel, mi hija que también está presente, mi hijo Damián, mi hija María, la empleada doméstica, Teresa, y su hija recién nacida. Todos fueron llevados a una pieza a puntas de armas mientras rompían la casa buscando elementos sospechosos o subversivos. Tuve suerte porque el día anterior yo había tirado todas mis publicaciones que me gustaba leer , como Evita montonera, El Descamisado, etc. Lo tiré todo y medio como que me salvó eso. Me arrastraron afuera, quedando las demás personas en una pieza, amenazadas. Me tiraron adentro de un auto y en algunos momentos el tabique se me movía, entonces con los movimientos bruscos pude ver en el edificio de arriba gente en los balcones. Era un espectáculo, la zona estaba liberada, no había tránsito. A los años cuando volví a preguntar, nadie había visto nada, cosa entendible. Me tiraron dentro de un Falcon, en el camino recogieron una nena de 14 o 15 años, la tiraron encima mío y ella creía que era un chiste de sus amigos, hasta que le pude susurrar: “no hables más porque no es un chiste”. Cuando llegamos me pusieron con un interrogador a la entrada del Club Atlético y me desnudaron. Lo primero que escuché fue la expresión cuando me vieron circuncidado: ‘ah, judío’. Ahí pensé que no había mucho más que esperar. Tuve suerte, estuve ahí unos 7 u 8 días; los fui contando con el pan que nos daban en la comida. Uno comienza a activar su memoria de películas, series de televisión y cosas que había visto, entonces comencé a contar los días con las miguitas de pan, y así pude saber el día que me liberaron. Pasé por todo tipo de tortura, como el submarino y el simulacro de fusilamiento, que son muy crueles. También la pelotita famosa de ping pong. Esta me tuvo muchos años preocupado, porque al principio de la liberación no podía dormir con todo un cuarto oscuro, sino con un velador prendido y escuchaba todo el tiempo el tic toc de la pelotita. Efectivamente en uno de los viajes que hice de visita a la Argentina, me encontré con la pelotita en el Club Atlético, y, quiero rescatar la extraordinaria labor que está haciendo la mesa de consenso y trabajo del Club Atlético, y el equipo antropológico que hacen un esfuerzo maravilloso para desenterrar el lugar. Mi intención de desenterrar ese lugar, aparte de ser una porción de la historia, es una parte muy personal mía, porque quiero cerrar círculos. Cuando vi la pelotita fue la primera noche que pude dormir y no escuché su ruido ahí; en ese momento cerré un primer círculo muy importante. Me faltan los círculos de llegar hasta el tubo donde yo estuve, la celda y me faltaría ver a todos los genocidas presos, que es un poco más difícil, pero si se sigue trabajando como se está haciendo en gobiernos que apoyan el trabajo de las Organizaciones de Derechos Humanos, se va a lograr. Por eso creo personalmente que es muy importante no cambiar el rumbo y no volver a gobiernos que creen que los derechos humanos son un curro. No volver a gobiernos de negacionistas; todo esto ocurrió, fueron 30.000 y fue un genocidio.

“Los recuerdos que quedan son muy dolorosos… cuando nos llevaban al baño todos encadenados, pasábamos por un lugar en donde había un escalón y siempre se caía uno y se caían todos, porque era una fila de gente atada con cadenas en los tobillos. Hoy en día hablar de venganza es imposible contra la crueldad y la gente de este tipo de pensamiento, pero creo que el paso importante que se podría dar sería institucionalizar en los colegios desde primer grado y que conozcan esta historia, pero institucionalizarlo a nivel oficial.

Al llegar a Israel, a la semana que me liberaron, mis hijos tenían 2 y 3 años y medio, y a los 4 y 5 años, que ya habían crecido, nos vinieron a hacer una entrevista para la televisión israelí sobre los desaparecidos de Argentina. El entrevistador era el papá de Alejandra Jaimovich. Él se comunicó con nosotros; estaba la comisión de familiares de desaparecidos y detenidos, y apareció la televisión israelí en el kibutz donde yo vivía con uno de los conductores de televisión más famosos en ese entonces. El kibutz tampoco sabía mucho mi historia, y cuando vieron las cámaras de televisión y los camiones de exteriores, antes de la proyección del programa que era a la noche, les conté a mis hijos lo que había pasado. Ahí se enteraron de la verdadera historia, se difundió en Israel. Fue muy interesante porque al otro día me pararon dos o tres en la calle, preguntándome si yo había sido el del programa, que se llamaba “Segunda Mirada”.

“Cuando me liberaron me hicieron una foto de frente y de perfil, y me sacaron violentamente el tabique de los ojos, con lo cual quedé ciego con el fogonazo del flash de la foto. Y este es otro circulo que me queda por cerrar, supongo que cuando se abran los archivos aparecerán las fotos también, salvo que las hayan quemado como hacían los nazis”.

“Me sacaron, vino una persona que hacía de policía, me dio unas palmaditas y me dijo: ‘usted sabe que a veces se cometen equivocaciones’. Me subieron con otra persona a una Citroneta y nos tiraron en las vías del ferrocarril San Martin, en un famoso restaurante llamado ‘La mosca blanca’, cerca de Retiro. Nos dijeron que no nos sacáramos la venda durante una hora, porque sino nos mataban. Yo esperé dos horas y ahí me di cuenta que estaba lleno de piojos, pulgas, barbudo, ropa que no era la mía. El que largaron conmigo quiso salir corriendo, lo paré y le dije que no, por el aspecto que teníamos”.

“Quiero recordar también un hecho muy lindo de esta salida, porque fuimos para la estación de Retiro caminando y nos metimos dentro de un taxi; el chofer cuando nos vio levanto las manos, pensaba que lo íbamos a asaltar, por el aspecto que teníamos. Le expliqué que estábamos recién liberados de un secuestro. El tipo nos dijo que nos agachemos, que nos llevaba gratis. A esa persona nunca la pude encontrar. No hubo ninguna explicación de por qué me llevaron, a pesar de que querían conocer mi nombre de guerra, ni por qué me largaron”

“Cuando me liberaron o me largaron no volví a mi casa, me fui a los de mis padres, cosa que fue muy criticado por algunos amigos. En mi cautiverio yo había escuchado, ahí adentro, en el Club Atlético, que en determinado momento estas células del ejército y la policía comenzaron a trabajar en forma independiente. Mi preocupación era que muchas veces te seguían a tu casa cuando te largaban y se corría el riesgo de que te lleven a toda la familia. Entonces lo que hice fue arriesgar a mis padres, que me disculpen. Me fui a la casa de ellos, eran las tres/ cuatro de la mañana, mi papá bajó corriendo, abrió la puerta, me abrazó, y se puso a llorar. Confieso que fue la única vez en mi vida que vi llorar a mi padre”.

Asimismo, Perla Sneh expresó: “comienzo por decir que crecí en una tradición que hace de la memoria un precepto. ‘Recuerda y nunca olvides’, solemos redundar de generación en generación. De pequeña, esas palabras me dejaban algo perpleja, ya que lo que mandan a recordar es, justamente, lo inolvidable, al punto que, aún quienes no lo vivimos podemos recordarlo con detalle. Pero, por entonces, eso moraba en otras lenguas. En castellano la cosa era más fácil. La memoria, menos grave. Al fin y al cabo, acá los trenes iban a la playa.

Sobreimprimo a esto una imagen, una foto: el blanco y negro denuncia su antigüedad, en el estrecho recuadro un montón de chicos y chicas se apiñan en torno a un escritorio. Tras ellos asoma el enorme pizarrón. Las sonrisas iluminan la seriedad transpirada de sacos y corbatas. Las vinchas y el cabello recogido animan el gris de los jumpers. De entre todas las miradas dirigidas a la cámara, hay dos que me atraviesan, a mí, la que mira la foto, no la que está en ella.

Una es la de Q., amigo cuyo nombre me reservo con pudor amoroso. Está ahí, al fondo, estirándose para sobresalir entre tantas cabezas engominadas. Ni él ni nadie sabe que la voraz incandescencia del terror lo espera a la vuelta de la esquina. La otra mirada es la de alguien que rehúso nombrar; lo veo agachado, en primer plano. Ni él ni nadie sabe aún qué será de los que alimenten -con cuerpos como el de Q.- esa voracidad inminente. (Ver testimonio completo http://www.nuevasion.com.ar/archivos/30538)

“(…) una fecha que se conmemora es un relato. Es una referencia en forma apretada, comprimida, que relata lo que la sociedad elige recordar. Una sociedad tiene su calendario; era Kierkegaard quien decía que se puede vivir mirando para adelante pero que solo se puede comprender mirando para atrás. Y si miramos para atrás rescatamos fechas que nos organizan la mirada, que no son un manojo de sucesos, sino estas miguitas de pan de marcar cuantos días pasaron…él al principio decía que para entender hay que mirar para atrás. Yo no sé si entendemos mucho porque cuando nos asomamos a estas fechas entendemos que hay algo del mal que está más allá de la comprensión. Así decía Primo Levi o Adorno, que hablaba sobre la autodestrucción de la razón. Pero elegimos fechas para conmemorar. Y elegir es dar sentido, y también descartar otras fechas. A veces mantenemos una fecha, pero le cambiamos el contenido. Por ejemplo, sigue siendo el 12 de octubre, pero ya no festejamos ningún descubrimiento; ahora elegimos recordar de otra manera esa misma fecha, en la que se abrieron las fechas al genocidio quizás más grande de la historia”.

“Conmemoramos que conmemoramos el Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Este es el título que conmemoramos, esta denominación se decretó por Ley, en agosto del 2002. No cumple 20 años. Recordemos también que en estos breves 20 años, en el 2017 se trató de metamorfosear su significado, pero no se pudo porque el entonces presidente tuvo que rectificar el decreto que convertía el 24 de marzo en un feriado más y movible. Pero hubo una presión de los organismos de derechos humanos y tuvo que dar marcha atrás con un nuevo decreto que decía que ese gobierno desde ningún punto de vista ha buscado desconocer el valor simbólico e histórico de esta fecha”.

“(…) Conmemorar tiene una etimología; meter en forma colectiva un contenido en la mente. La etimología es poder ingresar en la mente de los sujetos con contenidos. Y esto es una tarea a veces silenciosa, a veces no tan silenciosa. No es singular, sino que es pública. Actos así ayudan a mantener ese ingreso en la subjetividad de un contenido, es una operación social: seleccionar qué elegimos recordar, que es la contracara de lo que decidimos olvidar”.

“Cuando la gente visita ciudades, algunos recorren la ciudad, otros van a un cementerio y otros van al Shopping. Neruda decía que para conocer una ciudad necesitaba caminar, Walter Benjamin decía que para conocer una sociedad había que verla desde sus bordes, es decir, desde los que habitan al margen de los paradigmas oficiales. Yo creo que hay una manera de visitar a una sociedad o a una ciudad y es interrogar, interpelar las fechas que recuerda. Eso también es visitar una sociedad: qué recuerdan acá. Y nunca es un estado definitivo, ya lo dije cual hablé del 12 de octubre, está enmarcado en este inter-juego en el que lo instituido antes era un proyecto instituyente, hasta que un gobierno lo instituyó. Quiero volver a este movimiento; hay un acto oficial, hay un gobierno que dice que esto pasa a formar parte del calendario de un país. De la misma manera se elige una fecha, se elige una plaza, una calle, se instala una estatua y se elige también olvidar. Perla; me emocionaste cuando nombraste a Osvaldo Bayer, gran luchador para destituir calles o monumentos que se eligieron para conmemorar. Este es el juego de lo instituido y lo instituyente, opera en los cambios de lo que queremos recordar. Los recuerdos son a partir de estos testimonios, los escuchamos en función de la lucha contra el olvido”.

“Yo les propongo una imagen para ir cerrando la idea. Asomarnos a los recuerdos de una sociedad, a sus fechas, a sus calles, a sus plazas, como si fuese el sello de agua, como una filigrana en una hoja de papel (la filigrana como ese papel que, al calcarse, se visualiza con la hoja tras la luz). Sobre esa hoja vamos escribiendo nuestra subjetividad, nuestra historicidad, que nunca será una hoja en blanco. Hay que desterrar ese individualismo. Esta es la hoja que nos brinda el orden social que habitamos, que somos, y donde crecemos. Nos configuramos como personas en esa hoja que tiene marcas invisibles; las fechas que se conmemoran son parte de esas marcas en parte subliminales, inconscientes, pero que son la moral de una sociedad. Eso es la moral entre lo que se olvida y lo que se conmemora. Se configura la moral con que cada uno de nosotros va ir escribiendo su ética, y esa ética está punzando, palpitando, vibrando en forma invisible en las fechas que se eligen para conmemorar. Si no las elegimos son costumbres, gran parte de lo social. Moral viene de ‘moralis’, que es costumbre. En cambio, ética viene de “ethos”, un modo de ser”.

“Elegir una fecha es construir un modo de ser. Cuando un gobierno decide que va a haber una fecha, también está dándonos un marco para poder habitar nuestro calendario. Esto de ‘habitar’ es una idea muy de Heidegger: él plantea que solo se puede habitar ahí donde se puede construir. Los totalitarismos nos niegan esa posibilidad, por eso en un campo de concentración no se habita. Nuestro hogar es mucho más que un edificio o una casa, hogar es lo que creamos cuando construimos. Sin nosotros, son paredes. Y lo mismo para el devenir de los días; necesitamos, entre otras cosas, los testimonios, que nos han ofrecido estos recuerdos para establecernos, habitar nuestro tiempo, habitar el calendario. Si no, los días pasan de manera alienante. Lo contrario a habitar es el sentimiento de desarraigo”.

“Para Heidegger el hombre ‘es’ cuando habita. Necesitamos de los testimonios para construir la ética y para habitarla. Si no hay pruebas, si no hay constatación, si no hay un saber, se apela a la creencia, dice el filósofo Derrida. Por eso estos testimonios son el soporte fundamental de conmemorar, que es sinónimo de definir una ética, como hicieron Carlos contando y Nora escribiendo. Toda ética es una toma de posición, dice una autora que se llama Mariana Wikinski, en un libro imprescindible sobre este tema que se llama ‘El trabajo del testigo’. Ella en su obra aporta a la elaboración del trauma social desde su mirada del psicoanálisis, que apunta a esa zona devastada, a esa experiencia que está en el límite del lenguaje. Y cada testimonio intenta correr un poco más la frontera. No olvidemos que Primo Levi, que dedicó su vida a narrar, no encontró quién lo editara. él en 1947 quiere editar “Si esto es un hombre”, y no encontró editor. Otro abordaje al que ella invita también, porque es parte de esta mirada, es la historia con mayúscula y la historia con minúscula. Se refiere a la vida cotidiana que respira detrás de estos grandes títulos, debajo de las fechas. El testimonio es una experiencia que trasciende lo personal, es más cristalino poder evidenciar que lo personal es político, lo que ustedes cuentan no es una anécdota personal que le sucedió; es político. Incluir una fecha en un calendario también político, no existe esta cuestión individual de nominar y conservar el nombre. Osvaldo Bayer quería que el pasaje Rauch cambie, y lo logró porque ahora se llama pasaje Discépolo; esto, olvidar un nombre, es político

Regreso a los testimonios de ustedes, que permiten decir que la memoria no pierde el carácter de porvenir. Derrida decía que cuando encontramos testimonios no tratamos cuestiones del pasado, y escuchando a Nora y a Carlos construimos futuro. Poder respetar una fecha, hacerla parte de nuestra ética, implica también que estamos conmemorando”.