Verdad y Consecuencias: el acuerdo Israel-Emiratos en un nuevo Medio Oriente

Comencemos, aunque quizás sea poco convencional, hablando por lo que esto no es: esto no es un acuerdo de paz. Dos países con un comercio entre sí equivalente a docenas de millones de dólares y ninguna guerra en su historia difícilmente requieran un acuerdo de paz. Tampoco es una sorpresa, al menos para quien viene prestando atención. Por último, difícilmente sea un caso aislado.
Por Kevin Ary Levin *

Una relación que llega al siguiente nivel

Desde hace más de una década, es un secreto cada vez más público que Israel y las ricas petromonarquías del Golfo tejen lazos basados en la cooperación económica. Este acercamiento diplomático está motivado en parte por la voluntad de países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes de beneficiarse de los avances tecnológicos israelíes en temas relacionados con la seguridad, la agricultura y la salud, entre otros, y la voluntad israelí de consolidar sus éxitos diplomáticos de los últimos años en una posición regional fortalecida.

En paralelo a esto, los acontecimientos recientes en la región han contribuido al ascenso político de un actor que el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) e Israel ven como un enemigo común: Irán. La república islámica ha visto desaparecer en menos de dos décadas a tres de sus más importantes rivales (los Talibán, Saddam Hussein e ISIS) y ha aprovechado el vacío político dejado por las transformaciones políticas post-Primavera Árabe para extender su influencia en diferentes conflictos y países de la región (Irak, Siria, Yemen, Líbano), convirtiéndose así en una amenaza cada vez mayor a los intereses estratégicos del CCG. A su vez, tanto Israel como los Emiratos Árabes Unidos han visto el deterioro marcado de sus relaciones con Turquía como reflejo de intereses cruzados en Siria, Yemen y Libia, así como la voluntad del líder turco Erdogan de posicionarse como protector de los palestinos. Por último, desde ambas partes ven con desconfianza a Qatar como fuerza desestabilizadora en la región. No faltan rivales comunes entonces para sellar una extraña amistad.

A esta altura, está claro que la duración de Netanyahu en el poder tiene que ver con su capacidad de nunca perder una oportunidad. El clima político en Israel se cargó por las acusaciones de corrupción en su contra y la pobre respuesta gubernamental ante la pandemia de COVID y la crisis económica resultante, produciendo protestas masivas frente a la residencia oficial y otros puntos del país. Bibi tenía que responder de alguna forma a las enormes expectativas generadas en torno a la anexión por los efectos combinados de sus promesas de campaña y el “plan del siglo” elaborado por el yerno y asesor de Trump, Jared Kushner. El plan habilitaba la anexión israelí de un 30% del territorio de Cisjordania perteneciente al área C demarcada por los Acuerdos de Oslo a cambio de un Estado palestino desmilitarizado y con soberanía restringida en Gaza y enclaves desconectados de Cisjordania, si los palestinos cumplían una serie de condiciones. En una nota publicada en Nueva Sion en enero, advertimos que el plan era una evidencia más de que el problema palestino ya no iba a ser tomado como condición necesaria para la normalización de las relaciones entre los países del golfo e Israel. Sin embargo, avanzar en la anexión era ir un paso demasiado lejos. Para Israel, era arriesgar el colapso de la Autoridad Palestina, despertar la condena internacional de países aliados y la posible necesidad de volver a una ocupación directa sobre los palestinos, como la que existía antes de 1993. Este anuncio le permite una salida elegante del problema de la anexión, con el cual Netanyahu nunca estuvo totalmente comprometido.

Para los países del golfo, hacer la vista gorda a la anexión implicaba despertar la condena de un mundo árabe donde la opinión pública es todavía abrumadoramente antiisraelí. Más allá de que se habla de países que no permiten el disenso al interior de su población y donde no existe la prensa opositora real, el abandono total del reclamo palestino habría resultado contraproducente para un país involucrado en conflictos regionales en los cuales depende de aliados locales. Por otro lado, el liderazgo palestino está dividido entre Fatah y Hamas, debilitado por los magros progresos y la crisis económica y desprestigiado ante su propia población, dejando como apuesta muy poco atractiva arriesgarse políticamente en nombre de la causa palestina en la cual los países del golfo siempre habían tenido un rol secundario de financiamiento de todas formas.

Junto a la amenaza iraní y la debilidad palestina, se agrega un tercer factor: la posibilidad de que en Washington haya un cambio político en noviembre que cambie la orientación de política exterior. Ni Netanyahu ni Muhamad bin Zayed (el príncipe heredero de Abu Dhabi y verdadero mandamás del CCG) quieren volver a los esfuerzos de la administración Obama hacia una contención multilateral de Irán, un riesgo real si gana el candidato demócrata, Joe Biden, que se define constantemente como continuador de su ex compañero de fórmula. Desde ambas partes están mucho más cómodos con la política de “máxima presión” de Trump hacia Irán, basada en el fortalecimiento de sanciones económicas y la amenaza del uso de fuerza. En consecuencia, el escenario ya estaba armado para llevar la relación discreta al siguiente nivel y darle a los tres países una victoria diplomática.

La batalla narrativa

Desde el Likud y otros sectores de la derecha fueron rápidos en anunciar esto como la segunda llegada de Menajem Beguin y una especie de consagración de que la fórmula de “paz por paz” es posible. En otras palabras, que es posible obtener reconocimiento de actores de la región sin tener que ofrecer a cambio renuncias a reclamos territoriales (es decir, en contraste con la fórmula de “paz por tierra”). Pero si el precio fue detener los planes de anexión unilateral que el gobierno israelí actual consagró en el acuerdo original entre las fuerzas políticas que lo componen, la aceptación implícita es que la anexión entra en contradicción con cualquier voluntad de forjar nuevos frentes en paz con los vecinos. Por último, cualquier referencia al pasada es incompleta si no se acepta también que el Likud de Netanyahu no es el Likud de Menajem Beguin, sino que en su intransigencia por lo territorial y su racismo poco encubierto ya no tiene lugar para el nacionalismo liberal que dio luz al partido, pareciéndose hoy más a los colonos de Gush Emunim que al partido histórico con el cual comparte nombre.

El aire de triunfalismo no significa, por otro lado, la certeza de acallar a las voces por derecha que hasta ahora venían defendiendo a ultranza una anexión unilateral de consecuencias políticas impredecibles. Para minimizar las críticas de haber sacrificado la anexión en el altar del pragmatismo, Netanyahu advirtió rápidamente que seguía intacto su compromiso por “extender la soberanía” sobre los territorios ocupados. Por los motivos expuestos arriba, desde los Emiratos aclaran que ellos detuvieron de forma definitiva la anexión al haber impuesto esa condición a Israel, un argumento que reivindicaría la preocupación emiratí por los palestinos si tan solo alguien pudiera creerlo (los palestinos definitivamente no se encuentran entre los creyentes en este caso).

En EE.UU., donde están menos preocupados por la letra chica del acuerdo que por la imagen que proyecta, aclaran que este es un acuerdo sin precedentes y que lograron que Israel acepte una solución de Dos Estados. Más allá de que esto es fácticamente incorrecto y ya se había producido en el pasado (Netanyahu mismo aceptó la fórmula en teoría en 2009), no augura bien para el futuro que las tres partes involucradas se hayan llevado un mensaje diferente de esta conversación. Por ahora, las tres partes consiguen cantar victoria, al menos para los oídos dispuestos a escucharla. Falta una siguiente etapa, donde otros países del CCG se sumen a Abu Dhabi: aunque en Arabia Saudí parecen apostar por la cautela ahora y ver cómo la noticia es aceptada a lo largo del mundo árabe, Bahrein parece ser el próximo en la fila.

En Israel, está claro que el tema de la anexión no lograba mover del todo la aguja al nivel de la opinión pública, aunque sí influenciaba la esfera de la política partidaria para un Netanyahu que tal vez se encamine a una cuarta ronda de elecciones en un año y medio. La apertura de relaciones bilaterales parece ubicarse más alto en el orden de prioridades de los israelíes, aunque habrá que esperar a ver cómo incide en la valoración del deteriorado gobierno de Netanyahu. Hay que tener en cuenta que las encuestas revelan que cada vez más israelíes desaprueban el manejo gubernamental de la crisis del COVID, una realidad que seguramente les afecte más que un futuro viaje a Dubai que ahora no pueden hacer.

De la paz imaginaria a la paz real

Estas noticias pueden tener consecuencias a largo plazo. El anuncio parece ser una victoria de la estrategia de Netanyahu de invertir el orden de prioridades y hacer la paz “desde afuera hacia adentro”. Si durante años los líderes israelíes creían que la paz con los otros países se iba a producir logrando primero la paz con los palestinos, la propuesta de Netanyahu parece ser un maridaje de dos fórmulas divergentes tomadas de la historia sionista: la “doctrina periférica” de David Ben Gurion de los años ‘50 (basada en avanzar hacia la paz con los Estados ajenos al nacionalismo árabe de Nasser y aliados) y la “muralla de hierro” de Vladimir Jabotinsky de los años ‘20 (la idea de mostrarle a los palestinos una fortaleza de tal magnitud por parte de Israel que los obligue necesariamente a renunciar a sus reclamos nacionales ante el riesgo de perder todo). Ahora, Netanyahu toma un poco de ambas: va por los países menos enroscados en el conflicto para ofrecerles dejar de lado casi toda pretensión de compromiso político hacia los palestinos en pos de objetivos estratégicos comunes. Al hacerlo, la presunción es que los palestinos se verán cada vez más aislados y, algún día, aceptarán lo que Israel esté dispuesto a darles. Este sería probablemente un mapa muy similar a la propuesta anunciada por Trump en enero, más basada en preocupaciones demográficas y de seguridad que Israel que en cualquier narrativa palestina. El éxito de esta estrategia se basa en la suposición de que un liderazgo palestino, cada vez más desprestigiado, algún día renunciará a los reclamos básicos que, desde Oslo hasta hoy, son lo único que sustenta la legitimidad. Esta idea ignora que en dos ocasiones en el pasado, Intifadas palestinas consiguieron paralizar la vida en Israel y llevar el descontento palestino a la vida del israelí promedio, o tal vez lo entiende, pero prefiere pensar que el poderío militar israelí y la creciente desesperanza del lado palestino podrán controlar todo tipo de descontento social. En todo caso, es esperable que esto acerque a los palestinos al llamado “eje de la resistencia”, compuesto por Irán, Irak, Siria, Yemen y el Hezbollah libanés, ante la falta de otros socios regionales que puedan dar apoyo a los reclamos palestinos. Si de un lado se cierran filas y se estrechan vínculos, es razonable pensar que lo mismo se producirá del otro, siempre que no se les impida.

Desde el lado árabe, el anuncio emiratí, y los que probablemente le sigan, implican el abandono definitivo de la “iniciativa de paz árabe”, la propuesta de 10 puntos formulada por la Liga Árabe en el año 2002. Esta propuesta proponía la normalización de todos los países árabes con Israel a cambio de la retirada israelí a las fronteras anteriores a 1967, el establecimiento de la capital palestina en Jerusalén Oriental y una solución justa al tema de los refugiados, entre otras cuestiones. Esta propuesta, aceptada por Fatah pero rechazada por la mayoría de Hamas, era el producto de otro Medio Oriente, uno donde se podía esperar mayor unidad del mundo árabe. En el nuevo, el realismo político es rey.

Si Bibi tiene razón y la presión a los palestinos lleva a la resignación en vez de a la explosión, tal vez el aislamiento gradual sea la base de un acuerdo de paz a futuro. No será esta una paz que se pretende como justa, sino (como lo dice también el “plan del siglo”) pragmática. Tampoco será un modelo de paz que pueda ampliarse para incluir a países que sí deben responder de alguna forma a las opiniones e intereses de su población. Este anuncio no es un acuerdo de paz (¿quién hablaba del conflicto israelí-emiratí?), pero su importancia radica en lo que refleja del imaginario de Netanyahu, Muhammad bin Zayed y sus aliados con respecto al conflicto real entre palestinos e israelíes, donde sí hace falta un acuerdo. Si hoy se avanza hacia uno, éste estará basado en la desesperación y el miedo a terminar perdiendo todo por parte de los palestinos, no en el reconocimiento mutuo de los pueblos que habitan la región.

* Sociólogo y docente. Magister en Estudios de Medio Oriente, Sur de Asia y Africa (Columbia University).

 

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