Hunters

No hemos aprendido nada

La exitosa serie protagonizada por Al Pacino acerca de un grupo de cazadores de nazis en los años ’70, permite reflexionar en torno a los intentos para legitimar la venganza, así como poner en relieve la cultura de muerte y la medicalización de la vida.
Por Eduardo Wolovelsky

Es inevitable que una daga brillante como el oro, de elegante empuñadura y con curvas finamente acabadas se nos asemeje a una joya tan exclusiva que olvidemos el poder de su letalidad. Pero cuando una mano decidida la sujeta y la hunde con todo su fulgor en el cuerpo de quien es su enemigo, el encantamiento se disuelve y toda la potencia para matar se muestra con sobrada eficacia. Junto con la muerte, con el fin violento de una vida, el puñal disuelve palabras milenarias, relatos únicos, discusiones y pensamientos sostenidos a lo largo de generaciones. Clavado una y otra vez para asesinar, quiere darle dignidad a la venganza convirtiendo al judaísmo en una particular secta tribal y a los judíos en un grupo mafioso. El Holocausto, bajo la sangre en el cuchillo, se transforma en un hecho de maníacos y sádicos.
Aunque no deseamos relatar con detalle la trama de la serie Hunters, sí hemos de hacer algunas consideraciones. El eje central es la venganza contra oficiales nazis, a quienes se los mata previa tortura. En particular, la cacería se concentra en médicos y otros técnicos y científicos que fueron reclutados por los Estados Unidos en el operativo Paperclip. Además, se trata de evitar la concreción del IV Reich. Para ello se arma un grupo digno de una mala historieta, ecléctico y colorido, cada uno con diferentes “virtudes”: hay una mujer joven negra, una pareja sobreviviente del Holocausto, una “monja” judía, un excombatiente de Vietnam, un actor fracasado, un joven que se incorpora tardíamente tras el asesinato de su abuela, todos liderados por un judío millonario que también es sobreviviente del Holocausto pero con una particularidad en la razón del porqué de su supervivencia. Este grupo será el responsable de la cacería de nazis bajo la idea de un judaísmo bárbaro e inculto, adorador de una daga dorada, aunque puedan citar versículos y aforismos una y otra vez.
Esta breve descripción del corazón que guía el relato de la serie producida por Amazon Prime Video nos obliga a preguntarnos por las razones de su realización. Su creador David Weil nos aproxima una descripción sobre sus motivos personales:

Hace años visité Auschwitz y vi las puertas a las que mi abuela se vio obligada a entrar décadas antes y los barracones en los que se vio obligada a vivir como prisionera. Vi vestigios del mundo de pesadilla en el que había sobrevivido. Fue una experiencia que alteró para siempre el curso de mi vida. Fue el momento consagrado en el tiempo y la memoria que traté de cumplir con mi parte, ya sea grande o pequeña, para garantizar la promesa de ‘Nunca más’. Entonces creía, como lo hago ahora, que tenía la responsabilidad como nieto de los sobrevivientes del Holocausto de mantener sus historias vivas.(1)

El “recuerdo” invocado por Weil nos da el basamento para comenzar a desandar la serie protagonizada por Al Pacino. La historia se ubica en la década de 1970, donde se reflejan aspectos y características culturales de nuestro tiempo actual que comenzaron a ser instrumentados en aquella época. Una cierta atmósfera tanatofílica se desenvuelve en la forma de muertes, torturas y asesinatos. La crueldad despliega allí su lógica bajo la promesa de un persistente “Nunca más”, expresión que da una certeza (equivocada) de que lo ocurrido fue un hecho único e irrepetible y de que es legítimo el ajusticiamiento de los médicos que actuaron en los Lager. Un mundo despiadado se adueña de la pantalla.
Sobre el Holocausto se produjeron infinidad de estudios, películas, novelas y ensayos pero esto no impidió que el filósofo español Reyes Mate nos tuviese que desafiar con la siguiente reflexión:

…lo que sí me parece obligado es reconocer que sin esas dos últimas claves (la ontología de la guerra latente en el “idealismo” Occidental y la necesidad de relacionar pensar con sufrimiento) no hay manera de entender el siglo XX o, mejor, no hay futuro posible. Esas dos claves no permiten “comprender”, por supuesto, Auschwitz, pero sí “entender” por qué se llegó a la barbarie y por qué no hemos aprendido nada.(2)

Por dolorosas y excesivas que parezcan estas palabras, las hemos de asumir aquí como ciertas: “no hemos aprendido nada”. ¿Hay alguna posibilidad de que sea de otra forma, de que podamos entender y quebrar la crueldad que campea en la lógica de los buenos principios, de que podamos cuestionar la cultura de muerte que, en nombre de una “amenaza” biológica, hoy tiñe a gran parte del mundo?
Hunters, con su objetable legitimación de la razón que hizo posible Auschwitz, cristaliza su vigencia y nos obliga a pensar una vez más, tal vez para naufragar, como tantas otras veces, o puede que podamos visibilizar alguna posibilidad distinta. La expresión de Rudolf Hess según la cual el nacionalsocialismo no sería otra cosa que biología aplicada, y la importancia dada en la serie a la cacería sobre médicos y científicos, nos exige detenernos en la cuestión de la medicalización de la vida.

El idealismo médico
En Hunters los médicos de los Lager son hombres solitarios y sádicos que gozan con el sufrimiento que provocan, incluso si ello no tiene el más mínimo interés vinculado al conocimiento. Es un relato falaz que pretende exculpar al mundo científico-médico de los crímenes cometidos en nombre de la salvación biológica. Es el mismo sentido que impera en el relato sobre Josef Mengele asumido por la película Wakolda. Allí se muestra al Ángel de la muerte (Der Todesengel von Auschwitz) como un compulsivo experimentador sobre seres humanos, desconociendo que su acción en Auschwitz se realizó dentro de una red que abarcó a los más prestigiosos institutos de investigación de Alemania y bajo un marco teórico-científico internacional que lo justificaba.
El trabajo biomédico ejecutado en los campos de exterminio y las políticas de mejora genética desarrolladas en países como Estados Unidos, Suecia o Dinamarca en la primera mitad del siglo XX, no fueron acciones derivadas de perspectivas pseudocientíficas sino la consecuencia de una mirada sobre la herencia y la enfermedad humana ubicada dentro de la legalidad académica.
No es posible “salvar” ni a la ciencia ni a la cultura sometiendo este duro capítulo de la historia al exilio en el desierto de una equivocada irracionalidad o hacerlo resguardando su drama en un marginal teatro donde solitarios y perversos actores juegan su papel. Hacer esto convalida la permanencia de esos actos. La lacerante apuesta que hace Hunters nos lleva a las palabras de François Jacob:

En la época de la ingeniería genética, del proyecto sobre el genoma humano, de las investigaciones sobre el embrión, de la sociobiología, (de las actuales biopolíticas, [agregado personal]) no es posible olvidar. No es posible hacer como si nada hubiese pasado en los campos de concentración de la Alemania nazi. Lo que importa aquí no es el papel del médico que llevaba a cabo lo que él denominaba “experimento” en aquellos campos, sino la del científico que había inspirado la teoría; la responsabilidad de los que propusieron el cuerpo de doctrinas sobre el que se fundó la versión más burda del determinismo biológico. Con la cordura que proporciona la distancia del tiempo, es fácil decidir que la mayor parte de las ideas que inspiraron el movimiento eugenésico (mejoramiento genético de los seres humanos) carecían de fundamento. Y, no obstante, muchos de sus partidarios eran hombres de ciencia perfectamente respetables, que creían actuar a favor del interés público. Entonces, ¿dónde está el error?(3)

En la misma dirección apunta el historiador Götz Aly refiriéndose a las condiciones que posibilitaron el programa T4 sobre “vidas indignas de ser vividas” y que se sostuvo amparado en el concepto de muerte eutanásica:

En la década de 1920, conceptos como “muerte asistida”, “muerte humanitaria” o “liberación suave” eran defendidos con frecuencia por los mismos personajes políticamente comprometidos que se declaraban en contra de la pena de muerte y la prohibición del aborto, que exigían igualdad de derechos para las mujeres y que elevaban el mal visto suicidio a la categoría de muerte libremente elegida. No en pocas ocasiones, estos mismos reformistas difundieron la esterilización de personas discapacitadas -voluntariamente, sí, pero bajo un concepto de voluntariedad que también incluía el consentimiento de tutores y titulares de la patria potestad-. En la segunda década del siglo XX los reformistas sociales alemanes estuvieron mayoritariamente en contra de matar niños discapacitados, pero totalmente a favor de la profilaxis mediante abortos por indicación eugenésica. Lo hacían en nombre del progreso y de una felicidad entendida sencillamente como más terrenal.(4)

Estas reflexiones muestran lo erradas que son las pinturas individualistas que se proponen en series como Hunters, entendiendo que no se lo hace por desconocimiento sino como forma de mantener a resguardo las instituciones en las que creemos y los buenos principios, como el “Nunca más”, que nos “guían” y nos colocan en el lugar de los justos, haciéndonos con ello incuestionables. Se decide, entonces, que todo es un asunto personal: el médico es un sádico y la venganza resuelve la cuestión por muy conflictivo que este acto parezca. Como contrapartida, Robert Lifton dice que “el principio de matar para curar sigue reverberando con demasiada frecuencia… y siempre aduciendo nobles razones” y aclara que “cuando la normalidad se vuelve maligna, los profesionales pueden estar demasiado dispuestos a servir a esa versión”(5). ¿Será el individualismo la contracara de una única moneda en la que también está grabada, en nombre del bien común y la salud pública, la misma crueldad? Vale entonces aquí considerar la respuesta que da François Jacob a la propia pregunta que él formulara: ¿dónde está el error?

El error está en que esos hombres no fueron suficientemente críticos con la noción misma de eugenesia y cuanto ello implicaba. En particular no valoraron correctamente sus consecuencias sociales. El peligro para el científico está en no medir los límites de su ciencia, y por lo mismo, de sus conocimientos. Está en mezclar lo que uno cree con lo que uno sabe. Y sobre todo en la certeza de tener razón.(6)

El sacerdocio de los expertos contra la muerte impide que se escuche, que se piense y que nos preguntemos por qué hemos olvidado al más significativo médico de la literatura cuyo principal deseo era vencer la finitud de la vida. El Dr. Frankenstein intenta cumplir con el mandato que se opone al irremediable desenlace biológico y termina provocando el final de la vida de quienes más quiere. Olvida David Weil, olvidan muchos médicos y olvidan los tecnócratas que suponen que salvan vidas, que la antítesis de la muerte no es la supervivencia de y por la forma que sea y cuya versión más extrema es el transhumanismo. Lo contrario de la muerte es la natalidad y hay mundos donde la natalidad no es posible porque no pueden nacer ideas, escritos, enseñanzas, música, pinturas; no pueden nacer hogares, vínculos y amores. ¿Puede haber nacimiento en un mundo gobernado por datos, indicadores y vigilancia cibernética? Las palabras de Reyes Mate reverberan una vez más. El individualismo de Hunters se abraza con el sordo y grandilocuente decir del ideal público.

Tribu
Según Hunters los judíos son una tribu. Sus palabras milenarias, sus relatos y controversias, sus pensamientos y las profundas tradiciones llevadas a lo largo de generaciones son aquí poca cosa, se deshacen bajo una daga y por los ingenios retóricos de quien comanda una venganza como judío para redimir su pasado como médico en el Lager. Hunters desconoce la ambigüedad y la incertidumbre que marcan la vida de los hombres y en ese absolutismo funde a víctimas y victimarios. Como afirma Joan-Carles Mèlich:

Siempre quedan grietas abiertas, heridas que no pueden ser suturadas. En otras palabras, no somos humanos porque hayamos erradicado lo inhumano, sino todo lo contrario, porque no podemos erradicarlo. Digámoslo todavía de otro modo: el paraíso —me refiero a los estados paradisíacos, felices, justos, perfectos— no es una posibilidad humana. El paraíso queda fuera del alcance de un ser finito, porque no es una apoteosis de lo humano, sino su negación. En un mundo paradisíaco, lo humano —la humanidad— es imposible, porque si lo humano existe es porque lo inhumano, en cualquiera de sus formas o máscaras (el mal, el sufrimiento, la muerte) está (o puede estar) presente.(7)

Si Hunters se pudo filmar bajo la inspiración del “Nunca más”, entonces es claro que, como dice nuestro filósofo español, no hemos aprendido nada y por ello hoy gobierna, bajo el argumento del cuidado médico, un modelo distópico biocibernético.

 

1. goldenglobes.com/articles/cuando-la-ficcion-se-tropieza-con-la-historia (consultado 22 de julio de 2020).
2. Reyes Mate, De Atenas a Jerusalén. Pensadores judíos de la Modernidad, Madrid, Akal, 1999, p.78
3. Jacob, F. El ratón, la mosca y el hombre, Barcelona, Crítica, 1998, p. 154.
4. Aly, G. Los que sobraban. Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi 1939-945, Barcelona, Crítica, 2014, pp. 21-22.
5. Lifton, R.J .Los médicos nazis. La ciencia de matar, Buenos Aires, El Ateneo, 2018, pp. 15-17.
6. Jacob, F. El ratón, la mosca y el hombre, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 154-155.
7. Mèlich, Joan-Carles, La lógica de la crueldad. Herder, Barcelona, 2014, p.40.

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