Noches de Pesaj diferentes a todas las demás

En medio del aislamiento, el encierro y la incertidumbre sobre el futuro, es posible ver con otros ojos lo experimentado por nuestros antepasados y por todos aquellos que viven confinados por otra pandemia, la del capitalismo salvaje
Por Julián Blejmar

¿Papá, qué tiene de diferente esta noche de las demás noches?

Dos de los elementos de la keará, el plato del Seder de Pesaj, son el Maror, las hierbas amargas que nos recuerdan la tristeza de la esclavitud que sufrió el pueblo judío en Egipto, y el Karpas, un pedacito de cebolla que debe luego remojarse en agua salada, lo cual alude y simboliza el extenuante esfuerzo de los esclavos judíos, junto con sus lágrimas. Por supuesto, la Matzá, símbolo de la humildad y pan de la pobreza, acompaña toda la cena. Todo ello, junto a la lectura de la Hagadá, tiene como uno de sus mayores sentidos recordar que pese al encuentro con la familia y los amigos, a la agradable cena, y la actual libertad, alguna vez sufrimos la amargura de la esclavitud, confinados al encierro en Egipto.

Sin embargo, durante los últimos años, al tiempo que celebramos otro aniversario de la liberación, en el mundo se están consumiendo, según la organización Global  Footprint Network, recursos  por 1,75 planeta tierra de forma anual, generando una inmensa deuda y esclavitud ecológica para nuestros descendientes, mientras que 1.200 millones de personas viven en pobreza extrema, 3.000 millones son pobres, y 80 individuos poseen un patrimonio mayor al de la mitad de los 7.500 millones de habitantes que pueblan el mundo, de acuerdo a cifras que cita el experto en economía social Bernardo Kliksberg. Y es que, tal como lo señaló décadas atrás el escritor brasileño Moacy Scliar, “Todavía existen faraones. Todavía existen esclavos. Los faraones modernos no construyen pirámides, pero construyen estructuras de poder e imperios financieros. Los faraones modernos ya casi no recurren al látigo; someten corazones y mentes mediante técnicas sofisticadas”.

La celebración de estas noches, en medio de una plaga que nos restringe la posibilidad de compartir la mesa con amigos y familiares, que nos limita el menú, y que nos confina a seguir de tiempo indefinido en el encierro de nuestras casas, sea posiblemente uno de los Pesaj que, aunque más no sea muy mínimamente, más nos acerca a su narración, por lo menos desde 1945, o en nuestro país desde 1983.

Sucede que en medio del aislamiento, el encierro, y la incertidumbre sobre el futuro, es posible ver con otros ojos lo experimentado por nuestros antepasados y por todos aquellos que viven confinados por otra pandemia, la del capitalismo salvaje, que produce las cifras mencionadas anteriormente, y cuyos cambios se obturan una y otra vez por las sofisticadas técnicas a las que hacía referencia Scliar.

Estas noches de Pesaj diferentes a las de todas las demás, brinden tal vez la posibilidad de colaborar a un cambio de conciencia sobre el mundo actual, sobre las reales posibilidades del individuo escindido del otro, de la sociedad, y de la naturaleza, y de comenzar así un trayecto en busca de una nueva libertad.

¿La podremos ver?  El pueblo judío debió permanecer cuarenta años en el desierto: resultaba claro que para la generación que partió de Egipto, la esclavitud física podría haber terminado, pero la mental, luego de cientos de años sin conocer la libertad, solo se lograría con las nuevas generaciones, las que efectivamente llegaron a la tierra de Israel.

El camino a la libertad, de todas formas, fue iniciado luego de plagas sobre un tiempo y espacio colmado de esclavitudes e injusticias.

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