Asumió Alberto Fernández

El anillo del Capitán Beto

El pasado martes 10 de diciembre, Alberto Fernández asumió la presidencia de la Nación. Los traspasos de mando en un clima de continuidad democrática siempre son significativos, más aún teniendo en cuenta los vientos que se abaten sobre la región. Los modelos en disputa, más allá de las actrices y actores políticos.
Por Mariano Szkolnik *

Bajo el sol ardiente del mediodía porteño, y ante una multitud reunida frente al Congreso, el presidente Fernández recibió de manos del saliente Macri los atributos de mando. Una simple rúbrica en el libro de actas, y el poder del Ejecutivo pasó de un sujeto a otro. La campaña electoral puede parecer, a los ojos de muchas personas, engañosa: se monta sobre las características personales de uno u otro candidato, ensalza sus rasgos superficiales, sus modos más o menos duchos de expresarse, su porte y vestimenta, o la relación con sus mascotas. La musiquita del spot televisivo aporta tensión dramática, tiende puentes de familiaridad y confianza con la y el votante quien en no pocas ocasiones, elige como si se tratara de marcas de bebidas cola en competencia.

Afectos y efectos
Sin embargo, hay mucho más que una “elección afectiva”, sea por amor a una persona y/o rechazo hacia la otra. Como otras tantas veces en la historia argentina, se votan modelos de país. Se trata básicamente, y con leves variaciones, de dos alternativas:

1) Un modelo orientado por la ideología neoliberal, que postula la soberanía absoluta del individuo por sobre las supuestas “restricciones colectivas” (particularmente, las regulaciones estatales). Bajo este esquema, la meritocracia funge como “criterio fantaseado” de inclusión y exclusión, y del acceso a los derechos. Una y otra vez, las políticas públicas exigen “sacrificios” a la población en pos de un supuesto “futuro mejor” el cual, sin embargo, nunca llega. Por el contrario, los experimentos neoliberales dejan tras de sí un aparato productivo diezmado, altos niveles de inflación, contracción del ingreso popular, un extendido desempleo, un abultado endeudamiento externo, una elevada concentración económica, y un notable grado de frustración colectiva que socava los lazos sociales.
2) El segundo modelo, en cambio, supone un Estado social que pone énfasis en la expansión de la esfera de los derechos, la protección del mercado interno, la defensa del trabajo local, la inclusión social, la inversión educativa y la promoción del sistema científico como palanca fundamental del desarrollo. En una economía periférica como la Argentina, este modelo encuentra su techo en una estructural restricción externa.

Uno y otro modelo presentan problemas y límites, pero sus efectos sobre la realidad son diametralmente opuestos. Hay quienes declaran que es posible combinar las virtudes de ambos modelos en una coctelera, para dejar servido el trago de una “tercera vía”. Pero a la luz de las evidencias históricas, dicha propuesta carece de sustento: los ciclos políticos que se sucedieron desde la incorporación de nuestro país al mercado mundial a mediados del siglo XIX, asumieron una u otra orientación en materia de política económica y organización de la sociedad. Por tales razones, tanto Macri como Fernández, en ese acto ritual de banda y bastón, no representan más que personajes de un drama que los precede y excede.

No se trata de un destino trágico en el cual la agencia pierde todo sentido. Los actores importan, del mismo modo que las organizaciones colectivas. El análisis político no puede prescindir de estos aspectos. Por eso, es necesario destacar dos hechos que tuvieron lugar el día de la asunción presidencial:
a) la centralidad de la figura de Cristina Fernández como factor políticamente aglutinante, que permitió la victoria cómoda sobre la fuerza encabezada por Macri (cuyo futuro es, al menos hoy, incierto); ningún análisis serio puede pasar por alto esta consideración,
y b) la vigencia y protagonismo de un movimiento de masas, expresado de manera vibrante en la presencia de fuerzas políticas, sindicales y sociales, colectivos culturales y académicos, ocupando la plaza pública. Es ese movimiento, en definitiva, lo que posibilitará –en sus demandas, acompañamientos y potenciales enfrentamientos– la transición entre uno y otro modelo. Antes que escrutar personajes, es necesario postular, analizar y discutir bajo qué modelo de sociedad queremos vivir.

Mazl Tov
Como la copa que se rompe tras la celebración de la boda judía, la fiesta plebeya del martes 10 de diciembre de 2019 no debería omitir las herencias que recibe y los dramas regionales en los cuales se inserta el naciente gobierno. La convulsión social se agita en Chile, Ecuador, Colombia y Venezuela. Gobiernos filofascistas se imponen en Bolivia y Brasil.
Al gobierno de Alberto Fernández no le sobran aliados para establecer acuerdos regionales que promuevan una agenda de desarrollo continental, en el marco del respeto a las garantías constitucionales y los derechos humanos. En el frente interno, la situación de amplias franjas de la población es alarmante: un aparato estatal virtualmente paralizado es, por ahora, mudo testigo del resurgimiento del hambre, de la pauperización de amplios sectores, del colapso productivo, educativo y científico, la escalada descontrolada de los precios y la erosión de tejido social. Una deuda externa impensada hasta hace cuatro años pesa sobre las espaldas de nuestra sociedad, que deberá encontrar el cauce para su negociación en el medio de los intentos de recuperación de la capacidad productiva y con ello, del crecimiento. Con inciertas oportunidades y enormes amenazas, comienza un nuevo gobierno.

* Sociólogo. Profesor de la UBA.

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