Elecciones 2019

El balotaje que no fue

Por un margen considerable, el domingo 27 de octubre una mayoría dio por terminado el gobierno del empresario Mauricio Macri. Las dos principales coaliciones políticas concentraron cerca del 90% de los votos, lo cual, si bien no constituye un escenario de balotaje, se le parece bastante. Balance de una campaña frenética centrada en agigantar un abismo ideológico.
Por Mariano Szkolnik

De acuerdo a los resultados del escrutinio provisorio, la diferencia de votos entre Alberto Fernández y Mauricio Macri fue menor a la esperada. Si bien la tendencia se mantuvo, Macri logró remontar 10 de los casi 17 puntos porcentuales que lo separaban de Fernández entre las PASO y la elección general. De todos modos, no fue suficiente para forzar un balotaje que le ofreciera la chance de reelegir. El hecho es que Alberto Fernández es el ganador, y asumirá la presidencia de la Nación el 10 de diciembre. La pregunta, en todo caso, es cómo se estructuró la campaña macrista para poder asomarse a las puertas de una segunda vuelta, que no fue.

Nosotros y Ellos
La noche del 11 de agosto todas las alarmas del macrismo sonaron al unísono. Los resultados de las Primarias Abiertas ofrecían un panorama desolador: tras cuatro años de gestión, el poder de la alianza gobernante se licuaba al perder la elección por varias cabezas contra la fórmula del Frente de [email protected] Tras el enojo visceral del presidente con las y los electores por los resultados, que luego devino en disculpas excusadas en “el insomnio” y el anuncio de medidas “paliativas”, la estrategia oficial consistió en organizar una gira de 30 días por 30 ciudades, para buscar cercanía con la población. El puntapié inicial tuvo lugar en Barrancas de Belgrano, ante un público afín que escuchó un encendido discurso que daría marco a toda la campaña.
En cada escenario recorrido, el presidente aspirante a su segundo mandato estructuró sus consignas en torno a conceptos polares. Atribuyó a su fuerza política y sus votantes la portación de los valores de “futuro”, “república”, “democracia”, “honestidad” y “justicia”, en contraposición con quienes apoyasen al FdT, asociados a lo peor del “pasado”, el “populismo”, la “dictadura”, la “corrupción” y la “impunidad”.
En una verdadera campaña del miedo, Macri acicateó una colección de fantasmas: endilgó a la oposición la responsabilidad por el descalabro económico que siguió a las PASO, declaró que la libertad de prensa estaría en peligro con un eventual gobierno kirchnerista, y sugirió que podría haber un fraude organizado para la elección del 27 de octubre, entre otros tantos. En el terreno propositivo, en cambio, sus palabras reiteraron la vaga promesa de “progreso para todos”, con “alivio para el salario”, o “más trabajo y mejores oportunidades”. No dio cuenta de cómo las mismas políticas que confinaron a más de 4 millones de personas en la pobreza, pulverizaron el nivel de ingreso real a partir de los tarifazos y el descontrol inflacionario, desfinanció sistemáticamente el sistema educativo y científico, y propiciaron el escenario para el cierre en masa de PyMES, podrían ahora impulsar el desarrollo nacional.
La estrategia discursiva empleada fue riesgosa, al menos en términos de la convivencia democrática. El adversario se transforma, en esta lógica de construcción binaria, en un enemigo irreconciliable. ¿De qué manera sería posible establecer un diálogo democrático con gente que –como apuntó Macri– “quiere destruir, y no construir”? Más allá de los puntos de vista divergentes, una sociedad se estructura a partir de lazos de solidaridad social que tienden puentes entre las personas que la integran. La campaña oficial ponderó la existencia de un grupo social “depositario de una moralidad intachable”, que niega otras formas de sentir, actuar y pensar la sociedad. Aunque claramente lesiva al interés colectivo, a la construcción de consensos, y al establecimiento de una democracia plena, la campaña rindió sus frutos.

Primera vuelta, ¿para qué?
Los resultados provisorios permiten constatar el incremento de los votos para las candidaturas de Macri y Fernández, en desmedro de los cuatro candidatos restantes. Se comprueba, además, una disminución del voto en blanco. A estos enroques, se suma casi un millón de votos “nuevos”, que no habían participado de las PASO, o que habrían votado por candidatos que no superaron aquella instancia (por caso, el inefable Biondini). Todo parece indicar que, frente a la contundencia del resultado en las Primarias, la elección general funcionó como una segunda vuelta. Una porción de quienes pensaban votar al neoliberalismo presocial de Espert, al neanderthalismo de Gómez Centurión, o a la moderación por derecha de Lavagna, habrán evaluado que mejor sería dirigir sus votos contra un enemigo común. Y si bien la participación en las generales suele incrementarse, la realidad es que el escenario de polarización derivó en la incorporación de una masa significativa de votos que respondieron al llamado para “evitar el regreso del peronismo”. Retomando así la iniciativa, y con una campaña agresiva combinada con diversas medidas económicas rayanas en la demagogia electoralista, el macrismo supo interpelar a esos votantes, inclinando la balanza a su favor de modo significativo: nueve de cada diez votos nuevos o cambiados fueron a Macri (según, se reitera, los resultados provisorios).
Fernández no logró captar nuevos votos en la misma cuantía. Pero tampoco fue la liebre de la fábula que, segura de sus capacidades, dejó margen de acción a la tortuga. Confió en que la derrota del marketing electoral a manos de una realidad económica y social asfixiante era un hecho consumado, y prefirió no arriesgar… esperar. En la compulsa, lo que importa es ganar, y así fue, ya que uno de cada dos electores consagró su amplia e irrefutable victoria.

Dos modelos en pugna
La polarización electoral, el “balotaje que no fue”, expresa algo más que la disputa por formas o estilos. Macri y Fernández no son solo dos personas, sino la encarnación de dos proyectos políticos, o dos modelos de sociedad opuestos. El voto al actual presidente probablemente operó con carácter reactivo, persiguiendo la finalidad de obturar el retorno de una fuerza política y social sobre la que se concentran sus afectividades negativas, o en caso de no poder impedirlo, de restarle capital político al gobierno que asumirá el 10 de diciembre.
El voto a Fernández probablemente se funde en razones muy distintas, de índole evaluativas: la comprensión de que la crisis actual es consecuencia directa de la acción del gobierno de Cambiemos, y que para su reversión se requerirá de la intervención decidida del Estado. La orientación meritocrática y financiera ha demostrado su falsedad, al conducir al país a una mayor desigualdad y un endeudamiento con fines estrictamente especulativos. Hay un sustrato social interesante que distingue a la Argentina en el contexto de la región: consciente de sus derechos, la sociedad comprende –en términos generales– que es el trabajo el que genera capital, y no al revés, y que no hay destino nacional sin desarrollo productivo e industrialización. En 2015, Macri ganó las elecciones proponiendo un programa productivista que no abjuraba de la intervención estatal. En 2019 volvió a prometer el mismo programa, el cual jamás puso en marcha. El electorado pudo ser seducido una vez por un candidato que se disfrazó de lo que no era. Pero el 27 de octubre demostró su poca disposición a tropezar otra vez con la misma piedra. No votó sólo para objetar al macrismo, sino para cambiar un modelo económico y social excluyente y concentrador.

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