Max Berliner: el teatro y la vida

El 26 de agosto pasado, a los 99 años, falleció Max Berliner; un ícono del teatro en idish. Aquí, una pintura que emboza algunos retazos de su prolífica y emblemática trayectoria, a modo de homenaje.
Por Susana Skura *

Max Berliner tenía en su casa un cuarto que era como un camarín o, tal vez, como la reunión de todos los camarines que había tenido, con sus fotos, posters, papeles y trajes listos para salir a escena. “Uno trata de realizar sus sueños y alguien tiene que ayudarlo, no sé si será Dios o quién, pero tenemos que creer que alguien nos dirige, que alguien nos lleva. Yo espero todavía que alguien me dirija y ser considerado un gran actor”, me dijo en una entrevista que hicimos en agosto del 2002 para un documental de Shlomo Slutzky sobre el teatro ídish argentino.
Encarnaba un modo de vivir donde se superponían Dios y el director teatral, el cuarto y el camarín. No había fronteras entre la vida y el teatro. Como él lo había soñado, los años que vinieron después le trajeron trabajo y reconocimiento, entre ellos un premio Podestá a la trayectoria y un Martín Fierro.
Al final de ese testimonio nos había sorprendido con una canción que, un poco en castellano y otro poco en ídish, convocaba al regreso de la escolaridad en esta lengua. En voz muy alta y con los brazos desplegados como si fuera el cierre de un musical, proclamaba: “Así, el ídish re-na-ce-rá”. “Yo, que trabajé en la escuela Scholem Aleijem, trato en mis obras de usar el castellano, el hebreo y también el ídish, no lo discriminé del todo, no lo excluí.”
Como investigadora del ídish en el teatro y la vida cotidiana solía escuchar que se trataba de una lengua muerta. Max, en cambio, veía un paso más allá. No hablaba de la muerte sino del renacimiento a través de la educación y el teatro. Y, en lo personal, su proyecto consistía en trabajar para cumplir los sueños. Compartió, además, un secreto: siempre mostrarse con alguna prenda de un rojo intenso que lo iluminara. Sentirse y mostrarse vital lo llevó a ser convocado para una publicidad que, de pronto, lo convirtió en una suerte de superhéroe nonagenario.
Disfrutaba relatando que había crecido entre las clases de violín y la corpiñería familiar, cuyas clientas se dividían entre señoras prósperas, prostitutas y actrices del teatro judío que le regalaban al padre entradas para sus espectáculos a cambio de que colgara afiches en la vidriera.
Para su bar mitzvá, ¿qué otro lugar hubiera sido más apropiado que el popular Teatro Excelsior, si el compromiso que se selló allí fue con el teatro ídish?

El destino y la fantasía
Max ubicaba el comienzo de su carrera a los 23 años, con su ingreso al IFT. Habían traído desde Europa al director David Licht y éste lo tomó como ayudante de dirección. Comenzó a alternar la actuación con la asistencia al teatro como espectador, pero nunca en el circuito comercial: “ir al teatro profesional era prohibido”. Recordaba cuando Licht viajó a Nueva York y le mandó un telegrama avisando que venía Maurice Schwartz y que lo había recomendado para el papel del hijo de 13 años, tenía que prepararlo en una semana mientras que en el IFT ensayaba durante dos meses.
“Cuando fui a ensayar me di cuenta de que no era un director de actores, era un puestista genial. Le dejé una cartita: ‘Max no es George y George no es Max’. Insiste. Entonces empecé a crear yo el personaje. Nadie me conocía. A veces hay momentos negativos, chocantes para el público, yo tenía que decir ‘judío de mierda’. El gran Maurice Schwartz en el final me hizo adelantar para que el público me aplaudiera. Así me conoció mi esposa actual, se enamora de mí como espectadora. Rachel Lebenas, gran actriz que dejó el teatro por la pintura. Fundé el teatro juvenil judío, con treinta jóvenes argentinos, judíos, para hacer teatro en ídish y de ahí hice dos, tres obras y fundé el teatro ARTEA, en la calle Mitre al 2200, junto con Raquel. Nuestra misión era presentar obras en ídish, de 1949 al 59. Vagábamos de un club a otro presentando obras, pero luego conseguí la casa, en la calle Mitre y Pasteur, un piso entero y lo alquilé. Con apoyo de la AMIA hacíamos teatro judío en castellano, y en ídish obras de temática universal. Dejo Artea cuando el elenco empieza a hacer obras en castellano pero de temática argentina o universal”.

Max se reinventaba. De actor ídish a maestro de teatro, actor de cine en películas emblemáticas o programas de TV. “A mí el teatro argentino me ha dado muchas satisfacciones. Lo primero que hice en cine fue La calesita, con Hugo del Carril. Hacía el padre de la [María Aurelia] Bisutti, un personaje hermoso. Mi primer trabajo en teatro profesional fue en Lisandro, con [Pepe] Soriano, una producción de Aries”, recuerda sobre el drama de David Viñas, estrenado en 1972, con dirección de Luis Macchi, que alcanzara un éxito imborrable.
“Y de ahí me llamaron para hacer con Luis Sandrini El profesor tirabombas y empecé a dejar un poco el teatro judío y a desenvolverme más en la parte argentina, porque yo soy argentino. Rendía más porque en el teatro judío a veces tenía que trabajar gratis, como en el teatro independiente, en general se trabaja gratis”.
Podría haber estado en la AMIA el día del atentado, mientras se preparaban para el estreno de Zona Libre, de Jean Claude Grumberg. En ese momento habían hecho refacciones. “No te imaginás lo que era la sala. En el elenco no eran todos judíos. Les pedí que no fumen. Me acuerdo que uno estaba fumando y se le quemó un pedacito de la alfombra nueva y yo le hice un escándalo. Quedamos en que el lunes, el 18, a las 9:30 nos encontrábamos el escenógrafo, el carpintero y Max para colocar la escenografía y poder sacar las fotos. Pero Dios quiso, o alguien, que el carpintero diga: ‘Yo el lunes no puedo, puedo venir el domingo’. Se colocó la escenografía el 17 y me salvé. El 18 pasó lo que pasó, no lo pudimos creer, era impresionante pero se destruyó todo. Son golpes que vos recibís. Eso repercutió mucho en el elenco”. Pero la estrenaron. Primero en el Teatro Regina, después del atentado, y luego en El Vitral.
Ningún papel le parecía pequeño. Ante sus ojos se presentaban como oportunidades para la actuación, para la acción. En ese encuentro, nos dio una fotocopia de un manuscrito, una obra de teatro que acababa de escribir. No supe si con el tiempo la puso en escena. Pero entendí claramente que a ese “maestro de bobes y nietitos” lo que más le importaba era mantener en marcha la máquina de la imaginación y la fantasía.

* Antropóloga. Dirige el Área de investigaciones en Artes del Espectáculo y Judeidad (IAE, UBA). Coautora, junto a Silvia Hansman y Gabriela Kogan, de Oysfarkoyft/ Localidades agotadas/ Sold Out. Afiches del teatro ídish argentino, Del Nuevo Extremo, 2006.

Notas Relacionadas