Tres de Pesaj

A diferencia de Rosh Hashaná, Pesaj cae junto a Semana Santa, que es una fiesta de ellos… días antes, todos y todas y todes los que trabajamos o circulamos en ámbitos no judíos nos deseamos recíprocamente “¡Felices Pascuas!” -que no es lo mismo pero es igual-. Y tenemos, por un fugaz instante, la ilusión de que somos todos hermanos y practicamos alguna religión universal que nos une en un gran abrazo fraterno. Dura hasta el primer Seder, después se pasa. Pesaj, como tantas otras fiestas, también se ganó su lugar en la literatura judía. Allá vamos.
Por Laura Kitzis *

 

Padres, tíos, sobrinos

Pesaj es, de hecho, una fiesta lúdica, una fiesta para chicos: La limpieza del jametz, las preguntas de los cuatro hijos, la búsqueda del Afikomán, las canciones… Tal vez ese sea el rasgo que la hace funcionar tan bien –mucho mejor que otras fiestas y la literatura ha tomado nota de esto- como telón de fondo para la melancolía. Alguna vez fuimos niños. Alguna vez buscamos el Afikomán, y alguna vez, lo encontramos. Luego lo perdimos y entonces tal vez, sólo quede la nostalgia.

Humberto “Cacho” Costantini, el escritor argentino de origen judeoitaliano, nos lo recuerda en estos versos de singular belleza:

Adonái, mi Dios, Dios de los manteles de lino, y de las primicias.
Dios de las hierbas amargas, del apio de la lechuga y el ” jaroset”.

Dios de los sombreros de fieltro y del “talet”,
y de la” matzá”, y de los candelabros y de la fina vajilla.

Dios del primero, y del segundo,
y del tercero, y del cuarto vaso de vino
durante la primera y la segunda noche de Pesaj.
de las palabras “jamor”, “goiá”, ” quinim”,
de “Questo e il pane dell’ aflizione che mangiarono i nostri padri
nella tierra d’ Egitto: chi ha fame venga e mangi…”

Dios de irreprochable solvencia, burgués y culto,
que mis civiles abuelos civilizaron con sus buenos modales,
despojándolo de la antigua locura del desierto,
de su fanatismo, de sus celos,
de sus terribles caprichos, y de su plebeyo vozarrón de trueno.

Adonái, Adonái, “Re dell ‘universo,
creatore del fruto della vite”.

Benevolente, itálico Adonái,
tío lejano, viejo pariente en fotos amarillas,
te ruego me perdones la demora en contestar tu amable carta,
pero debo decirte: estoy en Buenos Aires, en América,
tengo que hacer el mundo en cinco días, no tengo tiempo,
pienso que podría afectarte el corazón
esta enorme locura, por lo tanto es mejor que te quedes en Turín,
abrigado y en paz, y que me dejes
inventándolo todo desde el principio.

 

Te saluda, y a veces te recuerda

con pavota nostalgia:
tu sobrino.

(“Eli, Eli, Lama Sabactani”; Humberto Costantini-fragmento-)

 

El dios de la infancia es sólo una foto gastada por el paso de los años. Un burgués con reloj de cadena, un dios que ha caído (no es un dios-padre, es un dios-tío) pero alguna vez fue loco y plebeyo, furia y vozarrón. Algo de esa locura antigua intentará rescatar el autor de este poema  para sí. Para inventar ¿transformar? todo desde el principio. Cambiar el mundo.  Humberto Costantini sufrió -como tantos escritores de su generación- el exilio. Como tantos, se comprometió en la lucha por una sociedad más justa. Su decimonónico dios turinés tal vez no lo hubiera comprendido del todo, ni aprobado sus modales. Sin embargo  “…chi ha fame venga e mangi …”, “… quien tenga hambre que venga y coma…” ¿Qué mejor frase, después de todo, para inspirar un mundo mejor? Desde cierto punto de vista, el tío y el sobrino tenían más en común de lo que pensaban.

La hija

Qué pena que se haya visto tanto “El violinista en el tejado” y por lo tanto se haya leído tan poco “Tevie el lechero”, y no se lea nada pero nada del resto de su obra.  En estos tiempos de 8M, pañuelos verdes y deconstrucción machirula, más de une se llevaría una sorpresa con Scholem Aleijem. El más feminista de nuestros escritores. Debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas judías. (O en todas las escuelas).

“En la tormenta” es una novela dolorosa, cruda. Es la historia de un grupo de jóvenes judíos- algunos bolcheviques, otros sionistas. Una especie de “Friends” en la Rusia pre revolucionaria, intentando cada uno resolver su propia “cuestión judía”. Como en “Tevie…” el conflicto generacional guía el relato y (al igual que las hijas del famoso lechero) son las pibas –doblemente oprimidas en su condición de judías y de mujeres- las que van corriendo todo el tiempo las fronteras de lo posible.

Las siguientes palabras las pronuncia Tamara. A quién su madre le ha rogado que se estrene un vestido nuevo para la cena y a quién su padre le ha pedido que le formule las cuatro preguntas de la Hagadá. El capítulo se llama “El Séider”:

“Por lo que puedo ver… albergamos la esperanza de ser nuevamente liberados de la dispersión en la que ahora nos hallamos… Pues bien, te pregunto padre: Primero. ¿Qué hemos hecho hasta ahora para lograr esa liberación? Segundo. Quisiera saber si todos los judíos del mundo están de acuerdo en que venga el Mesías… ¿O es que hay algunos que no tienen el menor deseo de que el Mesías vaya a sacarlos de un país civilizado donde tienen hermosas casas y valiosas propiedades…? Tercero. Quiero que me digas, pero con toda veracidad, si no es cierto acaso que toda esa historia del Mesías y de Jerusalén no es más que una vieja oración escrita hace siglos, para uso de nuestros antepasados. Y Cuarto. Si es así, ¿qué objeto tiene toda esta comedia? Perdóname, papá, si con mis preguntas tontas te he echado a perder la fiesta; y si puedes, respóndelas.” (“En la Tormenta”, Scholem Aleijem)

El hijo

“Las fiestas son sagradas, no nos des sorpresas Mario, no nos falles”. Y Mario sabe que fallar no es solamente no ir o llegar tarde, hay muchas maneras de “fallar”. Fallar es también la relación que Mario sostiene con Graciela Di Paola. En esto piensa, mientras ella plancha su camisa.

“Lo único que me faltaba, dejar al niño ir así al festejo de su sacrosanta Pascua cuando los padres saben a ciencia cierta que estuvo cohabitando conmigo durante las últimas dos semanas…”

“Sabés bien que deseo llevarte a la casa de los viejos…  pero no puedo caerme en medio de una fiesta con vos y sin avisar para colmo.”

“¿Por qué, apesto? ¿No soy lo que se dice una chica presentable? ¿No tengo las cualidades que tus sacrosantos padres esperan en una nuera como la gente? ¿O será que temen ver en mí, aquella que va a atiborrar de cruces el cuello de sus nietos?”

“Le tendió la camisa y lo vio vestirse en silencio. Sólo cuando escuchó el ruido del ascensor llevándose a Mario permitió que el sollozo estallara en su boca con gemidos casi infantiles.” (“Donde Sopla la Nostalgia”, Mauricio Goldberg)

Mario no es libre. Jamás lo será mientras no pueda hacer coincidir las partes fragmentadas de su vida. Mientras no pueda hacer algo que los esclavos – en Egipto o en cualquier lugar- no suelen hacer. Elegir. Sólo se elige desde la libertad. Pero toda elección implica una pérdida. Ahí reside la angustia de la libertad. Mario podría decir parafraseando a Sartre. “Soy mi libertad”. “Este acto es mi libertad”, pero no lo hace. Irá a la cena de Pesaj, ni libre ni redimido.

Egipto para todes

Yo me crié en la ortodoxia, motivo por el cual ir a un Seder de Pesaj en donde se canta “Seminare” o cada uno recita un poema, son experiencias relativamente nuevas para mí. Son frecuentes las alusiones al “Egipto personal”, “salgamos de nuestro Egipto personal”, “pensemos en nuestro Egipto personal”, “todos tenemos un Egipto personal”. No es así. No en Pesaj. La salida de Egipto fue un proyecto colectivo. El proyecto de un pueblo. Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. Nadie sale de Egipto solo.

En tiempos de exclusión económica y social, en tiempos de racismo y xenofobia, la Hagadá de Pesaj nos dice: “En cada generación debe el hombre verse a sí mismo como si él hubiera salido de Egipto”. Y también: “Amarás al extranjero porque extranjero fuiste en la tierra de Egipto”. De Egipto nos liberamos todos, todas, todes; o no se libera nadie.

Pesaj Casher Vesameaj!

* Psicoanalista (UBA)