El niño judío. Buenos Aires, Random House, 2018

¿Cómo decide alguien ser escritor?

La novela en clave autobiográfica de Daniel Guebel comienza por contar la historia del chico que se rebela contra el mandato familiar negándose a comer, para luego sumergirse en la manera en que la literatura le permitió eludir la angustia de una relación conflictiva con sus padres, cuyo vínculo se articulaba en un triángulo en el que él conformó el vértice.
Por Josefina Delgado *

“Maldito aquel que no puede hablar bien de su propio padre” (Jonás, I:3)

Muchos se lo han preguntado, y no siempre, en la nostalgia de la infancia, el recuerdo significa alguna forma de felicidad. Algunas veces se idealiza, otras, como en el caso del gran Franz Kafka, no se asume a tiempo el deseo de compartir lo escrito. Y son otros los que, desobedeciendo la voluntad del escritor, se encargan de darle trascendencia a su palabra.
“La carta al padre de Franz Kafka es uno de mis libros favoritos”, escribe Guebel, “si en el curso de un incendio tuviera que optar entre el rescate de este manual de auto denigración y reproches y el Ulises, dejaría entre las llamas la novela pirotécnica de Joyce y me quemaría los dedos para salvar la pequeña pieza del judío de Praga”.
Daniel Guebel, en esta novela, comienza por contar la historia del chico que se rebela contra el mandato familiar negándose a comer. Pero no es esa su única rebeldía. Quizás es el desplazamiento sufrido por el nacimiento de una hermana a la que todos agasajan, o la actitud de una madre que no perdona y posterga el castigo hasta el momento en que vuelva el padre. Un hombre que, en cierto momento, será identificado con aquel que precisamente Kafka, en su “Carta al padre”, muestra como el que nunca entendió ni valoró a su hijo.
“¿Cuáles eran las mil y una que le hacía a mi madre? Saltaba, gritaba, tiraba los platos de la mesa, no respondía a sus llamados, no me lavaba las manos, jugaba a las bolitas en toda la casa y luego no las juntaba (un pisotón, un resbalón, una caída, un desnucarse ajenos), pellizcaba a la Chuchi… Todo un inventario de perfidias pueriles que, según mi madre, clamaban al cielo por represalia” (p. 18).
El temor del castigo, la espera tensa y angustiante van marcando su vida, hasta que termina refugiándose en la lectura, y descubre que las palabras son un bálsamo, pero que al mismo tiempo lo convierten en lo que los adultos juzgan como un ser que no sirve de mucho.
Ante la espera del padre, su percepción se va transformando en una forma de entender el mundo: “Desde entonces, el tiempo es para mí la forma particular de lo siniestro y la vida una larga investigación sobre las maneras de soportar los castigos” (p. 23).
Y así va construyéndose el idiota, el inútil, el muchachito al que se hace trabajar en verano, mientras los otros juegan al fútbol o van a la playa, ocho horas o más en una tarea innecesaria: limpiar el polvo a las heladeras del depósito de la empresa familiar. “Afuera, el fulgor del mundo es un cuento”.
Su infancia en San Martín coincide con un gobierno militar, y el hombre autoritario que lo castiga con el cinturón no solamente es judío, como el resto de su familia, sino que además milita en el Partido Comunista, organización cuya existencia y pertenencia, desde luego, está penada por la ley. Por lo cual el chico le va encontrando el sentido a la vida bajo la etiqueta del ocultamiento y el encierro. Pintadas en el barrio. “Haga patria, mate a un judío.” En el portón de su casa, “judíos comunistas bolcheviskis fuera de San Martín, del país y del mundo”. Y el padre que borra esas leyendas infamantes que vuelven a aparecer.
¿De qué manera eludir la angustia? Tratando de desviar el pensamiento mientras el padre lo sermonea. “Sería fácil anotar ahora que en medio del desamparo de mi vida me aferré a la literatura a falta de otra cosa mejor. Pero no hay cosas mejores ni peores. Elegí ser escritor.” Y añade: “Una vocación te sujeta a sus consecuencias”. Elegir las palabras es perder la capacidad de dibujar, por ejemplo, y elegir el idioma de los argentinos para ser más argentino, significa perder la herencia de sus antepasados, ese lenguaje que en las reuniones familiares se infiltraba en la cabeza de los chicos. Cuando le pregunten qué va a ser cuando sea grande, responderá decididamente “quiero ser escritor”, aunque añada “si mi papá me deja”. “¿Y si no te deja qué?”. “La respuesta: si no me deja, igual voy a ser escritor”.
Cuando el relato supera la etapa de la infancia, el narrador adulto comienza a plantearse, desde otra perspectiva, no solamente la figura de aquella madre a la que construyó como perversa, sino también la clase de alianza con el padre, triángulo cuyo vértice es el chico. Se pregunta entonces qué se articulaba bajo la figura del castigo al hijo. Y recupera la figura de la madre.
Y aquí es el escritor el que habla, en una suerte de metalepsis no esperada. “A lo largo de estas páginas la pinté con los colores de la inconsciencia, la crueldad y el egoísmo, y recién ahora puedo entender que las cosas no fueron tal como las conté, recién ahora entiendo lo muy unido que estuve a ella, lo mucho que la amé y me compadecí de su suerte, al punto de que estuve decidido a morir con ella, o morir por ella, si tal cosa hubiese sido necesaria” (p. 113).
A estas reflexiones se suma el delicado tratamiento filosófico del pensamiento judeo-cristiano, son páginas que nos llevan a los vericuetos del pilpu, el método para interpretar los preceptos del Talmud, que expresa “la voluntad de alcanzar, a través de operaciones lógicas y mediante la oposición de razonamientos, el sentido infalible y único del mensaje de Jehová”. El recorrido que hace Guebel se asemeja de algún modo, o sirve de marco de comprensión, al dilema del chico, la familia y el padre: “Perseguir a Jehová, atraparlo en sus contradicciones, echarle la culpa de lo imperfecto y absurdo de su creación. Esa es la verdadera misión de todo buen judío” (p. 144).
Pero el padre envejece, el padre se enferma, el hijo judío ya ha superado el tramo del odio y del cuestionamiento. Entonces surge la reivindicación, el deterioro, la enfermedad, que permiten decirle “que fue un buen padre, el mejor padre posible para mi hermana y para mí”.
Vuelve entonces a Kafka, y la muerte se aproxima a ese padre que terminó siendo el hijo pequeño de ese gran hijo judío, que no dejó de cumplir con su destino de escritor. Aquí, entonces esta novela que devela no solo las tramas de una familia, sino también de un esquema donde el padre es la ley pero también la figura que se inscribe en la historia de la humanidad.

* Escritora. Asesora literaria del Ministerio de Cultura, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.