Nueva escalada bélica en Gaza

El globo rojo

Mientras Hamás sigue vendiendo una imagen que logra ocultar a un régimen teocrático y militarista concentrado en atentar contra poblaciones civiles, y millares de israelíes de las regiones meridionales acosadas por el fuego de Gaza inundaron las calles agotados por el cíclico ritual de agresión, a la que prologan o epilogan ataques aéreos de Israel; todo indica que en los próximos comicios la balanza se inclinará nuevamente por una teología política en la que los rencores imprimen el rumbo de un país que, alguna vez, supo distinguirse de los aires fundamentalistas que caracterizan a Medio Oriente.
Por Moshé Rozén, desde Nir Itzjak, Israel

Un libro de cuentos chinos para niños y una película francesa de los años ‘50 son parte de mis mejores vivencias de la infancia. El libro relataba el encuentro de unos chicos que salen de su aldea y descubren las luces y los ruidos de la gran ciudad. El film era “Le Ballon Rouge”, de Albert Lamorisse, y lo que recuerdo como encantador era el contraste entre el fuerte color rojo de aquel globo y los tonos grises del entorno.
Ambas historias –el relato de los chinitos y la obra de Lamorisse- regresaron a mi memoria la semana pasada, durante mi estadía en el refugio, a raíz de los ataques de morteros y misiles lanzados por la Yihad Islámica y Hamás contra el Neguev Occidental.
Probablemente quise aferrarme a aquellas imágenes para evitar la atención sobre el riesgo del impacto de esos proyectiles sobre mi casa.
Pero hay otra corteza en el limón: el imaginario colectivo vincula globos de color a inocentes aventuras infantiles. Pero los globos incendiarios –no los proyectiles de hace unos días- se inscriben en otro contexto: herramientas de agresión que provocaron la quema de campos cultivados y la destrucción de invernaderos.
Y, si exprimo algo más el limón, descubro que asombro de los niños chinos, encandilados por las luminarias urbanas, no se parece en nada al sobresalto de los chicos de Gaza, que, enviados por sus padres, oficiaron de escudo humano a milicianos islamistas que arrojaron artefactos para poner fuego a nuestras poblaciones.
Pero, en ambos casos, el del tierno libro y el del feroz ahora, se trata de cuentos chinos: Hamás logró vender al mundo la imagen –la idea- de su angelical inocencia; pareciera que nadie, allende los mares, desea quitarle a la Yihad la máscara que oculta a un régimen teocrático y militarista concentrado en atentar contra poblaciones civiles.
En cuanto se declaró el cese de fuego, millares de ciudadanos israelíes, pobladores de las regiones meridionales acosadas por el fuego de Gaza, inundaron las calles en airosa protesta, agotados ya por el cíclico ritual de agresión de Hamás, a la que prologan o epilogan ataques aéreos de Israel.
En 1940, el historiador judío Marc Bloch escribió una obra testimonial en los aciagos días de la ocupación alemana en Francia. Bloch, catedrático de la Sorbona y fundador de corrientes historiográficas revolucionarias, combatiente antinazi, que pereció encarcelado y fusilado en 1944, tituló su escrito “L’Etrange Défaite” (Una Extraña Derrota).
Se me ocurre que, salvando las abismales diferencias, muchos israelíes comparten el sentimiento de derrota y decepción ante el último alto al fuego: impera ahora, en el sur del país, el agotamiento ante la carencia de estrategias políticas, diplomáticas e inclusive militares del gobierno de Netanyahu frente a Gaza y a Hamás.
Como asiduo asistente al refugio antiaéreo, puedo comprender esta conmoción de nuestros conciudadanos, pero no la comparto: prefiero un cese de hostilidades bélicas, aunque sea precario y temporal, que abra un eventual paréntesis de negociación, como sostiene Egipto.
Mientras escribo estas líneas, se suceden vertiginosos cambios en el ámbito social y político israelí: la renuncia del ministro de Defensa y la anticipación del calendario comicial como resultado de la corrosión del gabinete gubernamental.
Marc Bloch sostenía que no se puede historiar el pasado sin entender el presente, así como no se puede testimoniar la actualidad sin comprender remotos tiempos.
Me atrevo a pensar que, a pesar del dilatado conflicto con nuestros vecinos de Gaza, el grueso del electorado se volcará nuevamente a ungir a la derecha nacionalista, dueña de una retórica autoritaria y amenazante, para retomar la desmoronada corona de “Bibi”. En las urnas, a pesar de la supuesta racionalidad del discurso democrático, el Israel de hoy se inclina por una actitud de teología política, donde rencores y emociones, caldeados incesantemente por un gobierno que califica a los opositores de traición, imprimen el rumbo de un país que, alguna vez, supo distinguirse de los aires fundamentalistas que caracterizan a esta zona del mundo.